Little Jump
Texto: Mónica Rodríguez
Editorial Edebé
ISBN: 978-84-683-7700-1
130 x 205 mm, 128 páginas
(+ 14 años), 13,50 €,
2026.
Por José R. Cortés Criado.
“Un soldado levantó el fusil, nos apuntó y nosotros rodábamos [sobre el monopatín] sin importarnos que nos disparasen porque habíamos pedido “las alas al amor y con ellas nos levantábamos de la tierra”, volábamos.” Mónica Rodríguez: Little Jump.
Se trata de una historia de amor donde el resentimiento impera; la trama se desarrolla en un territorio ocupado donde dos grupos de personas se odian y se enfrentan en una clara desigualdad; unos disponen de material bélico, muros de hormigón, alambradas, gases lacrimógenos y soldados dispuestos a imponer su orden; y otros, unas personas desesperadas, cuentan con piedras, polvo, sudor y rabia.
En ese ambiente, el narrador, un adolescente anda perdido entre lo que le dicta su corazón y lo que le aconseja su mente. Es Jota, anda interesado por una chica como él, Jaia, pero de los otros, de los que viven al otro lado del muro y quieren echarlos de su tierra.
Estamos entre judíos y palestinos. Ella es más realista y peleona, quiere superar las diferencias y compartir su vida junto a Jota, este tiene el alma dividida en dos, por un lado, la adora; por otro, la detesta, son los restos de ese naufragio a la deriva de dos pueblos enfrentados.
Lo que les une es un monopatín y los ejercicios nocturnos de Jaia para perfeccionar su estilo. Ella sueña con participar en el campeonato de Mineápolis; él y sus amigos se ilusionan con cosas sencillas como ser atleta, marino, universitario…, pero la realidad hace que Jota ame a Laia y la odie cuando se cruza con los tanques, los fusiles, el desprecio…en un doloroso vivir entre dos mundos tan hostiles.
Junto a los jóvenes conocemos algunos personajes adultos que sobreviven a pesar de su dolor y sus pérdidas, entre ellos, destacar a Río Dadá un pintor que sirve de puente entre ambos bloques y sueña con el arte como remedio a tantos males.
Mónica Rodríguez, con su buen hacer, nos lleva sosegadamente por un entorno muy duro, donde prima el amor de los jóvenes sin aspavientos, aunque sí cargado de raciocino para dilucidar entre tanto horror y ser capaces de soñar con una sociedad donde desarrollar su vida sin tener que ocultarse en la oscuridad de la noche entre neumáticos.
Frente al odio, hay palabras dulces en un texto que lima las asperezas de la cotidianidad con una buena carga poética, donde destacan una serie de comparaciones geniales como esa risa de una niña que es pan de semilla o ese nombre de la chica, dulce y amargo como un collar de perlas.
La escritora logra atraparnos y hacernos sentir parte de esa ambivalencia entre adolescentes que han nacido a escasos metros de distancia y viven en mundos totalmente opuestos donde el dolor, el odio y la crueldad forman parte de la vida diaria.
Los jóvenes se dejan seducir por ese sueño de dos países, dos banderas, dos mundos que pueden ser uno y se aventuran en un viaje de amor sin importarles las consecuencias. La última oración del libro nos llega como un disparo seco al alma.
Es una historia de amor imposible que nos hace reflexionar sobre un problema muy actual más allá de las fronteras.
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