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sábado, 26 de mayo de 2018

"La fuga de los personajes VII. Lo que acaeció al leñador de Caperucita Roja cierto día que…" de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes VII. 

Lo que acaeció al leñador de 

Caperucita Roja cierto día que…




Texto: José R. Cortés Criado.





Sí, yo soy el leñador, ese que algunas veces también llaman cazador, soy el mismo aunque me llamen de las dos maneras, porque ya sabéis que los cuentos populares cada uno los cuenta como le da la gana y a mí me tienen cambiando de vestuario según el narrador de turno.

¿Qué tú siempre oíste que soy un leñador? Estupendo, pues mejor para ti que no has conocido otra forma de llamarme.

Pero a lo que iba, que yo también estoy cansado de mi papel en este cuento. Porque a mí me ha tocado uno muy tonto, debo esperar y esperar hasta el final para solucionar el problema de esa niña traviesa y esa abuela tontorrona que no distingue un lobo de una nieta y ambas se dejan comer como si tal cosa.

Llega el lobo y dice ¡hala! Y las dos para adentro, cómo si no hubiera otra cosa que hacer, y se quedan tan tranquilas esperando que yo llegue y las saque sanas y salvas, pues yo me estoy cansando un poco, porque luego todo son alegrías y risas pero a mí no me dan las gracias de forma especial, se supone que lo hago porque eso es lo que debemos hacer los leñadores buenos, pero…cualquier día me porto como un leñador malo y a ver qué pasa, que ya está bien.

Esa Caperucita cada vez me mira con peor cara, yo comprendo que en el estómago del lobo no debe de estar muy cómoda, que no soporte ese baño en los jugos gástricos lobunos y que esté deseando salir y lavarse, pero de eso yo no tengo la culpa, que yo no escribí este cuento, ni me lo inventé, que yo me lo encontré tal como está.

Y esa abuela, bueno, la abuela tiene un algo especial a pesar de sus pocas luces al vivir sola y no distinguir dónde está el peligro, pero tiene algo singular, y es que me mira mucho, se fija en mi ropa, está pendiente de que me salga bien todo lo que tengo que decir y hacer, a veces, creo que hasta mueve la cabeza de arriba abajo para indicarme que lo hago bien.

Además pone esa sonrisa picarona que me desconcierta, me hace sentirme especial, sí, ya sé que no debo hacerme ilusiones, que esto es un cuento y cada uno representa el papel asignado, pero no, te digo yo, que hay algo especial en mí que le gusta y por eso me mira de esa manera y me sonríe como nadie me ha sonreído nunca.

Yo considero que es un poco mayor para esas cosas, pero me hace ilusión que alguien se fije en mí de forma cariñosa; por eso estoy deseando que acabe la historia y cada vez corro más en mi papel de abrebarriga, para tenerla enfrente y verla cómo me mira; pero a veces me sonrojo porque siento algo de vergüenza hacerme ilusiones de vivir en pareja con la abuelita del cuento.

Sí, ya sé que tiene más años que yo, pero bueno, no sería el primero ni el último en casarme con alguien a pesar de la diferencia de edad; aunque yo comprendo que hago mejor pareja con la hija, pero esa ya tiene marido y no me voy a dedicar a enviudarla, que eso sí que no está bien, además, ella no me mira como la madre, ella me mira con preocupación por si al rajar la barriga del lobo hiero a alguna de las dos, seguro que no me perdonaría que le hiciese un pequeño corte a su hija; respecto a la madre no sé qué pensará, pero soy yo el que pone todo el cuidado del mundo en que no le pase nada a la abuela.

Y así, lectura tras lectura, aguardo mi turno con la ilusión de que esta vez la abuela me va a decir algo bonito y yo no voy a poder resistirme y me lanzaré de rodillas para declararle mi amor por siempre jamás, a pesar de que desbarate el cuento y me echen de sus páginas.

Bueno, esta vez no ha sido, me ha faltado valor, así que ánimo y abrir el cuento de nuevo que me voy a preparar para declararme al final de la próxima lectura.

Si te perdiste alguna de las opiniones del resto de los personajes de Caperucita Roja, pincha sobre este enlace. La fuga de los personajes.






sábado, 19 de mayo de 2018

"La fuga de los personajes VI. Lo que acaeció a la madre de Caperucita Roja cierto día que…" de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes VI. 

Lo que acaeció a la madre de 

Caperucita Roja cierto día 

que… 







Texto: José R. Cortés Criado.

 Sí, yo soy la madre de la niña, sí. Y aquí me tenéis una y otra vez dándole consejitos a mi Caperucita, que si el lobo, que si los despistes, que si el camino, que si el frío, que si el calor, que si te puede pasar esto o lo otro, que si…

Y mi hija que me hace caso en todo, o eso creo yo, que a mis espaldas vaya usted a saber qué hace; aunque hay algo en lo que no me hace caso, creo que es lo más importante para esta historia, sí, ya sé que lo sabéis de memoria, pero las madres somos así de pesadas y no nos cansamos de repetir una y otra vez las cosas que creemos importantes.

Si me niña no le hubiese hecho caso al feo lobo sobre el camino más corto para llegar a casa de mi madre, ni la abuela ni la nieta habrían pasado por ese trance de ser comidas, regurgitadas y puestas en circulación como si no hubiese pasado nada.

Eso porque las buenas personas lo han querido así, que si no…mi hija habría terminado yo no sé cómo, y si es mi madre, esa vieja testaruda que se cree muy lista y la más joven de todas ya estaría más que perdida en ese bosque infernal donde le gusta estar, con lo bien que se está en el pueblo con tantas vecinas con las que poder chismorrear un ratito cada día.

Mira que es rara mi madre, y le está metiendo sus manías a mi niñita, que cualquier día me dice que se va al campo con su abuela y no vuelve más por aquí, porque ya me ha avisado, que si soy una pesada, que si sus amigas esto y lo otro, que si yo no la dejo hacer nada, que si en el pueblo se aburre, que si en la ciudad es diferente y que en el bosque se siente muy a gusto.

Ya me lo decía mi marido, que el pobre como siempre está trabajando nunca sale en el cuento, algunos pensarán que soy viuda, pero no, soy casada y bien casada con un hombretón, que es capaz de tumbar al lobo de un soplido, sí, no pongáis esa cara, que mi marido es muy grande y muy fuerte.

Y, además, muy listo, ya me avisó a mí de que ese lobo no era de fiar y de que mi madre está un poco perdida con esa manía suya de vivir sola en medio del bosque, como si no hubiese un lugar mejor en este pueblo para ella. Es que es muy rara, más todavía, ¿qué si lo sé yo?, pues claro que lo sé y muy bien.

Pero la que me preocupa es mi hija, veremos a ver cómo termina esta historia que se repite una y otra vez con final feliz para ella; espero que esto no cambie y me lleve una desagradable sorpresa el día que no salga más de la barriga de ese lobo tan persistente.

Mira que comérsela una y otra vez sabiendo que le van a rajar la barriga y se la van a llenar de piedras, ¡menudo estómago debe tener!, yo seguro que ya estaría más que muerta si me rajan una vez y más si me tengo que tragar a mi madre y a mi hija, ¡qué barbaridad!

Pero a pesar de todo ese sufrimiento y mis temores, siempre anhelo que alguien coja el libro del estante y abra sus páginas. ¡Me hace tanta ilusión ver una cara nueva frente a mí!

No sabéis la alegría que recibimos todos cuando alguien se asoma a nuestro mundo y más cuando vemos en las caras esa sensación de pánico al leer que el lobo está engañando a mi hija, y sobre todo, la angustia cuando se la come y leen que también se comió a la abuelita; a algunos pequeños se les escapa una lagrimita y hacen pucheros, a otros las lágrimas corren por sus mejillas a todo correr en una carrera sin fin.

Pues a pesar de eso, nos sigue gustando porque al final las caras recuperan su sonrisa y su alegría y todos celebran que Caperucita y su abuela están sanas y salvas y el lobo a buen recaudo.

Así que ánimo y a leer los cuentos clásicos, que así todos seremos algo más felices, los lectores y los protagonistas del cuento.

sábado, 12 de mayo de 2018

"La fuga de los personajes V. Lo que acaeció al lobo de Caperucita Roja cierto día que…" de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes V. 

Lo que acaeció al lobo de 

Caperucita Roja cierto día que… 



Texto: José R. Cortés Criado.


Ilustración: Gustave Doré



Vaya el papel que me han asignado a mí en este cuento. Siempre me toca hacer de malo, está visto que los lobos no podemos ser buenos, eso no es para nosotros.

Y aquí me tenéis todos los días en el bosque esperando a Caperucita, haga frío o calor; yo debo estar aquí, en este cruce, ni un poco más arriba o más abajo, no, aquí, justo aquí, vamos, que de tanto estar de plantón en este rodal ya no crece ni la hierba.

Y, venga, a esperar a Caperucita, esa niña tan contenta y feliz que viene por el bosque más fresca que una lechuga, cantando, saltando, riendo, hasta que me ve y le cambia la cara.

Al principio se asustaba, luego, cuando vio lo que pasaba una y otra vez, ya se ríe de mí, me hace cucamonas, me saca la lengua y hasta me dice ciertas cosas que mejor no repito.
Como Caperucita es más lista que el hambre, cuando la miran de frente está muy seria y algo cariacontecida, pero cuando está de espaldas al lector la cara le cambia y…menuda cara pone y lo que dice.

Pero yo espero como siempre, no quiero estropear la lectura a los que repiten o abren el libro por primera vez, y me aguanto las ganas de decirle algo un poco fuerte, pero no, yo me debo a mi público y no quiero alterar el desarrollo de la trama.

Así que cuando llega y me mira arrugando la frente y la nariz y me saca la lengua, yo le pegunto adónde va, a quién va a visitar, qué lleva en su cesto, en fin, esas cosas que todos sabéis, y ella me responde lo que ya me sé de memoria y sigue su camino por donde yo le indico.

Acto seguido me toca una carrera a contra reloj para llegar antes a casa de la abuelita, cada vez estoy más cansado y me cuesta más llegar con tiempo para comerme a la abuela y cambiarme de ropa, pero la niña no me deja un minuto de respiro, como me retrase no llego a tiempo de comérmela a ella y el día que eso ocurra…menudo jaleo se va a armar, con un lobo que se encuentra a la abuela y a la nieta merendando tan felices y contentas.

Pero esta vez también gané la pugna, que Caperucita es mucha Caperucita y disfruta un montón corriendo como una gacela para llegar antes que yo, menos mal que he encontrado otro nuevo atajo en mi camino que si no…

Y cuando ya me ve disfrazo tan ridículamente con el camisón de la abuela e incluso con su gorrito con lazitos, se ríe con descaro cuando está fuera de plano y al ser el centro de la trama comienza a preguntar como si no supiese qué pasa y quién está en la cama con esa cara tan peluda, esas orejotas y ese hocico descomunal.

Y yo le sigo la corriente hasta que me la trago de un bocado, menos mal que no crece porque si no, no sé cómo iba a llegar a mi barriga; pero a veces es traviesilla y trae en la mano alguna ramita que me araña la garganta y el esófago mientras llega al estómago.

Cuando se lo recrimino dice que no se ha dado cuenta, pero los ojillos le brillan de un modo especial, y yo como soy muy comedido, no se lo digo y hago como que me creo lo que ella dice, aunque ambos sabemos que lo ha hecho adrede.

Y así, una y otra vez lo mismo, hasta que llega el cazador y me destripa para sacar a las dos y me llena la barriga de piedras que luego me cuesta un montón echar fuera, porque ellos se creen que los lobos digerimos todo, pero no, también somos delicados y nuestros estómagos no están a prueba de bombas, no, están a prueba de cabritillos, cerditos y alguna que otra presa delicada y tierna.

Al llegar a este punto, ya solo me queda desear que los lectores hayan disfrutado de la historia y sientan deseos de repetir su lectura, porque eso nos hace felices a todos, a mí el primero, aunque protestemos de lo monótona que es nuestra vida encerrados entre dos pastas duras.

¡Ánimo y a leer que los libros encierran muchas aventuras!

Si te perdiste alguna de las entregas anteriores de La fuga de los personajes pincha sobre el nombre.

sábado, 5 de mayo de 2018

"La fuga de los personajes IV. Lo que acaeció a la abuelita de Caperucita Roja cierto día que…" de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes IV. 

Lo que acaeció a la abuelita 

de Caperucita Roja cierto 

día que…




Por José R. Cortés Criado.


Es que yo, la abuelita de Caperucita, ya estoy un poquito harta de ser siempre tan despistada y tan tontorrona pero no sé cómo atajar este problema, por lo que sigo haciendo lo mismo día tras día cada vez que alguien abre las páginas del cuento.

Para mí el mejor momento del relato es cuando estamos en la barriga del lobo, porque allí nadie nos ve ni lee lo que decimos y es entonces cuando hablo con mi nieta de las cosas que me interesan, pero Caperucita no se encuentra cómoda en ese estrecho espacio con los jugos gástricos del lobo y los restos de sus comidas flotando a nuestro alrededor.

Yo ya me ha acostumbrado a esa oscuridad, a ese estado pegajoso y a ese soportar que mi nieta me vuelva la cara y no quiera charlar conmigo de novios; me da igual, yo sigo con mi tema pase lo que pase.

Y es que ya está bien de ser una abuelita tontorrona que vive sola en el bosque, porque yo vivo aquí porque quiero, porque es la casa donde he pasado la mayor parte de mi vida y no me quiero ir a ningún otro sitio. No, estoy muy requetebien aquí y mi hija no termina de enterarse.

Ella cree que estoy desvalida y perdida en la nada, pero ella no sabe que tengo mi vida al margen del cuento, que yo solo estoy en ese estado de medio alelada y muy cegarata cuando la gente lee el cuento, luego me pongo mis buenas gafas y veo todo lo que quiero ver.

¡Ay! ¡Qué desesperación llegar a vieja y que todo el mundo te considere inútil!

Si con mi nieta no hablo nada, ya que cuando llega a casa yo ya estoy en la barriga del lobo, ¿cómo voy a enterarme de lo que piensa, de lo que quiere y de cómo le va su vida? Por eso, cuando estamos a solas, aunque estemos deseando salir de aquel lugar apestoso y estrecho yo tengo que aprovechar esos minutos para conocer a mi nieta.

Es una pena que no sepa nada de ella, solo que es una niña muy buena pero que un día desobedeció a su madre y fue engañada por el malvadísimo lobo en medio del bosque; pues no, no me conformo con eso, yo quiero ejercer de abuela, enterarme de sus cosas y darle alguna que otra propina.

Que ni eso me dejan, como entro en la barriga del lobo desnuda no puedo llevar conmigo ninguna moneda para darle algo de dinero y así pueda comprarse algo que le guste, porque lo que hay aquí es un poco de tierra, muchas plantas y algún que otro animal, y eso, segurísimo que no le gusta, ya lo tiene muy visto.

Y si no mi hija, que no se entera de lo que quiere su niña, a esa edad todavía la quiere jugando con las muñequitas de tela y encerrada todo el día en la cabaña. ¡Cuándo se enterará que la vida no está en esas cuatro paredes y que aunque fuera esté el peligro hay que enfrentarse a él con uñas y dientes!

Y ese lobo, que siempre dice lo mismo, no cambia ni una palabra su discurso, y como cada día está más entusiasmado todo lo dice con un ímpetu que hasta asusta a todos, menos a mí, que ya me sé cuál es mi destino.

Otro muy lumbreras es el cazador, aunque a veces viene vestido de leñador; este por lo menos cambia algo, aunque solo sea su atuendo y hace que me fije más en él. Él cree que lo miro con algún interés y, a veces, se sonroja un poco, pero yo lo miro para matar el aburrimiento; así compruebo si lleva todos los botones de la camisa abrochados, si ha traído la escopeta o la sierra, si bien una vez acudió con ambas herramientas. Luego dijo que estuvo algo distraído y que con las prisas pasan esas cosas.

Bueno, pues a pesar de mi hija, mi nieta, el lobo y el leñador/cazador sigo disfrutando cada vez que unos ojos nuevos recorren las letras y los dibujos de este cuento, que es tan mío como de los lectores.

¡Ánimo, a leer y a disfrutar de la vida!



sábado, 28 de abril de 2018

"La fuga de los personajes III. Lo que acaeció a una Caperucita Roja algo cansada de su eterno papel" de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes III. Lo 

que acaeció a una Caperucita Roja 

algo cansada de su eterno papel.


Texto: José R. Cortés Criado.


Ilustración: Emilio Urberuaga

2018.






Estoy cansada de todos los días lo mismo y los mismos comentarios de los lectores y mis compañeros de reparto.

Me gustaría que este cuento mío se destruyese cada vez que fuese leído por alguien, porque no sabéis lo cansado que es hacer siempre lo mismo, una y otra vez. Hay temporadas muy tranquilas pero otras…

Mi madre que si esto, que si lo otro, que la abuelita por aquí, que la abuelita por allá, que cuidado con la cesta, que no se rompa el tarro de miel, que no te entretengas, que no hables con el lobo que es muy malo, que vengas pronto, que el bosque es muy peligroso, que la abuelita es muy buena, que…

Así que ya estoy un poquito harta de más, porque si esto era poco ahí estaba el lobo, más bobo cada día, que si a dónde vas, qué quién vive allí, que si este camino es más corto, que si… hasta que llega aquello de que tengo los ojos grandes para verte mejor, tengo las orejas grandes para oírte mejor, tengo la nariz grande para olerte mejor y tengo la boca tan grande para comerte mejor.

Y hala, para dentro, por esa boca tan sucia y apestosa, que ya podían darle al lobo un cepillo de dientes y un poco de pasta en condiciones, y llegar al estómago donde me espera la abuela, ¡menudo estómago tiene ya el lobo de tanto entrar y salir! y la de costurones de coserle y recoserle la barriga.

En fin, que allí me veo con la abuelita, toda desnuda porque el lobo le quitó su ropa para engañarme y no quiero mirarla, me da un poco de vergüenza, pero ella me abraza, me achucha y siempre tiene algo que contarme y muchas preguntas que hacerme.

Que si he sentido algo al ser tragada, que si me duele la cabeza, el pie, la mano, el brazo, la oreja, vamos, que no para hasta que repasa todas las partes de mi cuerpo; luego empieza la ronda familiar, que cómo está tu madre, tu padre y hasta me pregunta por la vecina de al lado y luego me pregunta por mis amigos, y siempre, siempre, siempre me pregunta por mi novio.

Todavía no se dado cuenta de que no quiero hablar de eso, que me da vergüenza, que no tengo novio ni quiero tenerlo, y ella erre que erre, que si este niño es muy bueno, que si aquella familia es estupenda, que si por ella fuese, que…

Menos mal que paso poco rato allí encerrada, porque entre otras cosas a la abuela se le escapa algún que otro peito y oler no huele muy bien que digamos. Por eso espero que el leñador llegue pronto antes de alguna catástrofe pestilente.

Y luego llegan los leñadores, a veces uno, a veces varios, dependen de lo atento que estén, pero siempre hacen lo mismo, ni siquiera cambian algo, así que ale, a por el lobo, a rajarle barriga, a sacarnos a mi abuela y a mí y a celebrar que hemos vencido a la fiera.

Un día me voy a quedar dentro un rato más a ver si así cambiamos algo y no nos aburrimos tanto.

Cuando estamos fuera de la tripa lobezna, muchos lectores se alegran al saber que estamos vivas, aunque algunos sienten que se haya acabado el cuento pues le gustaría que su lectura se alargarse un poco más.

Y yo doy un gran suspiro, porque otra vez más hemos superado la prueba de la lectura y hemos hecho feliz a alguien, que se atrevió a abrir las páginas de nuestro libro, a pesar de que esté cansada de llevar toda mi vida haciendo lo mismo y sin crecer un centímetro siquiera.

Feliz lectura y a disfrutar de la vida.