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miércoles, 31 de marzo de 2021

"El Dragón Lector y sus amigos" de VVAA

El Dragón Lector y sus amigos

Texto: VVAA

Ilustración: VVAA

Editorial Bruño

ISBN: 978-84-696-2852-2

175 x 245 mm, 160 páginas

12,95 €, (+ 3 años) 2021.

Por José R. Cortés Criado.

Este dragón surgió / de la rica imaginación / de una tal Tesa González / para hacer un homenaje / a una hermosa librería / llamada El Dragón Lector”. Ricardo Gómez: Simón.


En el año 2004 surgió un proyecto innovador para fomentar la lectura en niños y jóvenes llamado El Dragón Lector, en el centro de Madrid. Este lugar es más que una librería, sus promotores, Pilar Pérez y José Andrés Villota Rocha, lo tuvieron claro desde sus inicios, debían acercar la literatura infantil y juvenil a su público. Pequeños y jóvenes lectores, con sus padres, acuden con frecuencia a las actividades que en su seno se desarrollan.

Un año después surgió el Premio Dragón Ilustrado para promocionar la labor de las editoriales y los ilustradores; y pusieron en marcha el proyecto Dragonario, en el que invitan a ilustradores a crear imágenes de dragones lectores y a los escritores a idear textos sobre los mismos.

Fruto de los trabajos de proyecto Dragonario surge este volumen con una cincuentena de textos y, otro tanto, de ilustraciones. Los dibujos son espectaculares, los hay sencillos, llamativos, detallosos..., pero todos elaborados con un mimoso estilo que dotan de gran belleza el libro.

Los textos son variados en estilos y forma, los hay en prosa y en verso, todos de sumo interés. Llama la atención sus nombres, el cuento está ordenado alfabéticamente según los nombres del dragón de cada cuento, y todos sus contenidos están relacionados con la lectura.

Entre los ilustradores podemos encontrar a Emilio Urberuaga, Juan Ramón Alonso, Violeta Monreal, Carmen García Iglesias, José Violeta Pérez, Sylvia Vivancos, Laura Borrás, Jesús Gabán, Mar Villar, Susana Rosique, Tesa González, Illot, Cecilia Moreno...

Entre los escritores: Carmen Gil, Marinella Terzi, Carlos Reviejo, Mar Pavón, Mónica Rodríguez, Jorge Gómez Soto, Juan Carlos Martín Ramos, María Menéndez-Ponte, Margarita del Mazo, Alfredo Gómez Cerdá, Gabriela Kelseman, Ricardo Gómez...

Los pequeños lectores disfrutarán con su lectura, ya sea devorando los entrañables textos o recreándose la vista con los magníficos dibujos. Sin duda ha sido una buena idea sacar este volumen que recoge los trabajos desinteresados de autores dispuestos a fomentar la lectura entre los pequeños.

Además, estos dragones literarios y sus autores son muy generosos, no solo por lo que nos dan a los lectores, sino porque todos los beneficios que se obtengan con su venta irán destinados a la Fundación Canis Majoris, dedicada a prestar apoyo a las personas con dificultades.

viernes, 27 de marzo de 2020

"El ritmo es la vida" de José R. Cortés Criado.

EL RITMO ES LA VIDA de José R. Cortés Criado.


Otra experiencia que puede servir como modelo a los que pretenden hacer amar los libros a su alumnado. Fue publicado en su día en una revista de la editorial SM, Vapor, y creo que sigue teniendo valor. 




Cuando te preocupas de formar buenos lectores, debes de ideártelas muy bien, para conseguir que chavales de 2º de ESO, (doce-trece años) que no aman la lectura y la consideran un rollazo de campeonato, se lean un libro, pero cuando lo consigues, que contento te sientes, sobre todo si al final hasta se enteraron del libro y te piden otro de características similares.

Es difícil hacerles ver a los alumnos/as el ritmo que contienen las letras, las palabras, las oraciones, los párrafos, los capítulos, etc. si no tienen nociones de música y si tan siquiera han oído hablar del ritmo.

Esta experiencia que vamos a narrar, la llevamos a cabo en el C.P. Vicente Aleixandre de Torre del Mar (Málaga), el curso 1997/1998, dentro de las actividades programadas por el taller de animación a la lectura del centro.

El libro elegido fue “Sin máscara” de Alfredo Gómez  Cerdá, entre otros motivos porque conocíamos al autor y porque al grupo le había gustado mucho “Pupila de águila” otro título escrito por la misma persona.

Los protagonistas principales son Roberto y Luna, que además de ser compañeros de instituto, entre otras cosas, tienen en común su amor por la música.

El primero, estudia violín y le gusta la música clásica, a la segunda le gusta Rosendo y nunca se paró a escuchar un concierto de música seria. Además son de ambientes socioculturales distintos. El chaval, de familia acomodada, del que todos esperan que llegue a ser un maestro del violín; la chavala vive rozando la marginalidad en algunos aspectos, pero entre ellos surge una sincera amistad, frente a una realidad llena de hipocresías sociales.

Una vez leído el libro, se me ocurrió celebrar una sesión de animación a la lectura, donde la música fuese la protagonista, para ello, nada mejor que contar con alguien que ame la música , así fue como Pepe, alumno de prácticas en el colegio, se presentó ante ellos, diciendo que era amigo de Luna, pero que venía a hablar en nombre de Roberto, porque aunque físicamente eran muy distintos, tenían en común la pasión por la música, la búsqueda de la sinceridad y el amor por los libros.
                       
“A mí me gustan los libros y Roberto forma parte de uno de ellos, por eso me ha pedido que os hable de la música y de lo que ella tiene, para que haya personas como nosotros, a las que nos apasiona tanto, aunque también en el campo musical somos muy diferentes, nuestro amigo toca el violín, yo el bajo eléctrico; él interpreta música clásica, yo toco en un grupo de rock, pero lo genial, es la música en sí y no un estilo concreto.

Si os preguntase qué es la música, seguramente me responderíais haciendo referencia a la radio, a lo que veis en televisión, a lo que oís en la calle, a lo que está de moda, etc., pero probablemente no os habréis preguntado qué es en realidad la música y de dónde viene. Pues bien, es más sencillo de lo que os podéis imaginar, y a la vez muy importante para todos y todas, porque la música somos nosotros. El corazón lleva siempre un ritmo, al caminar llevamos un ritmo, al hablar, entonamos con ritmo, luego nosotros somos ritmo.
                       
La mejor forma de apreciar la música es haciéndola uno mismo. Existe un instrumento fundamental para esto, muy fácil de utilizar, es la voz. Desde siempre la voz ha sido el instrumento más utilizado, por dos razones, es el más fácil y el más perfecto.

También hay otro instrumento muy sencillo con el que podemos crear muchas melodías, es la flauta, para que la conozcáis os vamos a interpretar una de las grandes obras clásicas “El bolero” de Ravel”.

Una vez oída la pieza, los alumnos/as se quedaron sorprendidos de cómo un instrumento tan simple puede hacer surgir una melodía tan bonita.
                       
“La música, junto con la literatura, es quizás el mejor medio artístico para expresar los sentimientos, para que entendáis  lo que os digo, he invitado al guitarrista de mi grupo, que os va a enseñar cómo, con la guitarra, se puede intentar expresar lo que queráis”.
                       
El guitarrista expresó los sentimientos que el público le pidió, tristeza, alegría, pena,..a la vez que explicaba como lo conseguía y los oyentes valoraban su consecución.
                       
“Como habéis comprobado, la música está especialmente relacionada con la literatura, el ejemplo lo encontramos en todas las canciones que escuchamos normalmente, no son más que una poesía a la que se le pone música, pero este proceso no se hace de cualquier manera, sino que hay que tener en cuenta los sentimientos que queremos expresar, que lo que se dice vaya en consonancia con el “cómo se dice.
                       
“A la vista de esto, estaremos de acuerdo en que no es tan difícil hacer música, casi os diría que basta con que lo sintáis y tengáis algo que expresar, junto con un poco de conocimientos musicales. Algunos pueden tener la suerte de Roberto y estudiar música con buenos músicos, pero otros “nos hemos tenido que buscar la vida” para aprender solos, leyendo muchos libros y viendo como tocan los demás. ¡Ánimo, la literatura y la música están en vosotros y vosotras”.
                       
Finalizada la sesión, los alumnos/as valoraron la experiencia llevada a cabo como muy positiva, ya que les había abierto el sentido del oído y habían comprobado lo fácil que resulta marcar el ritmo en la vida y lo difícil que es hacerlo con un instrumento musical o con las palabras.
                       
También aprovechamos para valorar el libro, haciendo especial hincapié en los pasajes donde la música toma protagonismo. Desde ese momento, la mayoría de la clase entiende y comprende mejor la actitud de Luna respecto a la música y al futuro de Roberto, aceptando el final del libro como consecuente con el pensamiento de la protagonista.
                       
No queremos desvelar el final del libro, porque conllevaría la perdida de interés en llegar hasta el último capítulo, pero sí insistir, en que el final es considerado por los alumnos/as un poco controvertido y crea disparidad de opiniones, pero que después de esta actividad, fue mejor asumido por los lectores, especialmente por las lectoras.
                       
En el desarrollo de esta experiencia han participado junto con el autor de este artículo, Amelia Cruz Tobaruela, estudiante de Educación Musical y Antonio Alarcón Lozano, guitarra del grupo musical Mare crisium y Fco. José Fernández Triano, estudiante de Educación Musical 

                     

domingo, 27 de mayo de 2018

"Breve reseña sobre Literatura Infantil y Juvenil española" de José R. Cortés Criado.

Breve reseña sobre Literatura Infantil y Juvenil española.






Por José R. Cortés Criado.






En la segunda mitad del siglo XX, los autores que escribían para los más jóvenes decidieron denostar el autoritarismo, las falsas convenciones sociales, los prejuicios absurdos, e impregnar sus libros de realismo e ideas renovadoras, así como de fantasía y ciencia-ficción o narraciones históricas, tratando los temas que fueron desaprobados para evitar alterar el desarrollo de la infancia inocente: “Los autores se atrevieron a escribir sobre asuntos que nunca antes habían aparecido tan explícitamente, como la muerte, el sexo, la defensa de las minorías y la crisis de valores en la sociedad contemporánea” (Garralón, Ana, 2001, p. 131).


Con la llegada a España de la democracia, y la desaparición de la censura, los escritores se manifestaron con absoluta libertad; ya no debían escribir eludiendo las restrictivas normas de los censores ni habían de someterse a las estrictas normas de los educadores; se quebrantaban las reglas de urbanidad, se defendía la tolerancia, se buscaba una nueva identidad acorde a la manera de ser de cada uno y surgió “una literatura progresista y militante que, en algunos casos, se identificó como literatura antiautoritaria” (Colomer, Teresa, 1998, p, 111).


En la década de los setenta, lo milagroso desciende significativamente en las obras del período democrático, y asciende lo imaginario y se pasó a reivindicar la fantasía, los conflictos y relaciones personales, además, se exigía una la literatura de calidad en el campo educativo; todo trajo consigo que los libros infantiles se llenaran de humor y de imaginación, de personajes disparatados, ociosos, tiernos, que se enfrentan a la ambigüedad de los sentimientos, a la complejidad de los conflictos y a los cambios de perspectivas.


Durante esos años la producción literaria para niños y jóvenes se nutría principalmente de autores extranjeros, y gracias a los niveles de libertad alcanzados en nuestra sociedad, se pudieron difundir obras cuyos personajes eran transgresores de las normas sociales establecidas y se mostraban rebeldes ante una sociedad autoritaria, como Pippi Calzaslargas, de Astrid Lindgren.


Una década después, a los grandes autores como Michael Ende, La historia interminable; Roald Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate; María Gripe, Los escarabajos vuelan al atardecer; Christine Nöstlinger, Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, etc., se unieron autores españoles como Bernardo Atxaga, Shola y los leones; Joan Manuel Gisbert, El misterio de la isla de Tökland; Jordi Sierra i Fabra, En un lugar llamado Tierra; Fernando Alonso, El árbol de los sueños; Concha López Narváez, Memorias de una gallina; Alfredo Gómez Cerdá, Pupila de águila; etc., que orientaron su producción literaria al segmento de población infantil y juvenil a los ya establecidos como Ana María Matute, El polizón de Ulises; o Miguel Delibes, El príncipe destronado; que escribían mayoritariamente para el público adulto.


Posteriormente llegaron Fina Casalderrey, El misterio de los hijos de Lúa; Elvira Lindo, Manolito gafotas; Juan José Millas, Papel mojado; Xabier Docampo, Nube de nieve; Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento, etc.


Debido a que en los años sesenta y setenta las sociedades occidentales experimentaron grandes cambios, se modificaron determinados valores ideológicos y el tipo de educación que se impartía a los menores, ya no se trataba de preservar la infancia en su cápsula de inocencia como se venía haciendo. Había que educar desde la libertad, la tolerancia y el respeto mutuo; en este contexto, a partir de los setenta empiezan a proliferar en la LIJ los relatos sobre chicos con dificultades.


Llegando la década de los ochenta, cuando la Literatura Infantil y Juvenil parece la encargada de dejar testimonio de todo cuanto acontece en nuestra sociedad, se tratarán temas relacionados con el poder autoritario, la burocracia, la delincuencia, la vida en los arrabales, los problemas de drogadicción, el abandono social de determinados segmentos de población, el sexo, la muerte, etc., transgrediendo las normas y conductas sociales:


Y que en el campo literario el único indicador que se utiliza para establecer jerarquías en el aquí y ahora es el éxito, aunque sea efímero, por lo tanto se debe analizar la Literatura prestando atención a diversos aspectos, y especialmente al enfrentamiento del lector con el lenguaje literario, que debe ayudar a comprender nuevas situaciones comunicativas y a enriquecer la imaginación, ampliando las posibilidades de la lengua y sirviendo de detonante para la exteriorización de los recursos expresivos y creativos propios.


En la década de los noventa se añade a la LIJ la novela policiaca, de terror y ciencia ficción. Aparecen obras destinadas a los pequeños en los que un detective ha de desentrañar algún misterio, como en El crimen de la Hipotenusa de Emili Teixidor; sobreponerse a situaciones de terror, Cuando de noche llaman a tu puerta de Xavier Docampo o viajar a otras galaxias con El enigma del país perdido de Manuel Alonso.


El siglo XXI se inicia con los mismos temas, a los que hay que añadir nuevas corrientes de novelas románticas donde se mezclan lo real con lo irreal; el caso de las sagas de amores entre humanos, vampiros, ángeles y amazonas de autores extranjeros junto a libros de autores españoles que reflejan amores adolescentes como Canciones para Paula de Blue Jeans, Solo tú de Jordi Sierra i Fabra, Pulsaciones, de Frances Miralles y Javier Ruescas; o Cordeluna de Elia Barceló.


Proliferan libros de misterio con trama detectivesca, Andreu Martín y Jaume Ribera publican Los gemelos congelados, la décimo primera aventura de su personaje Flanagan; Beatriz Osés, Erik Vogler en muerte en el balneario; y Ronaldo Menéndez, El agujero de Walpurgis. Autoras como Maite Carranza, La guerra de las brujas; o Laura Gallego, Crónicas de la Torre; introdujeron con anterioridad las sagas fantásticas en la producción autóctona.


También se editan volúmenes que reflejan el realismo crítico, abocados al tratamiento de la inmigración, La aventura de Said de Josep Lorman o El chico de las manos azules de Eliacer Cansino; a las guerras o conflictos sociales lejanos, Un balón por una bala de Rafael Salmerón; o a situaciones vinculadas a España como el conflicto del Sahara, Palabras de Caramelo de Gonzalo Moure; tienen su espacio también obras dedicada a la explotación infantil como Iqbal Masih, lágrimas, sorpresas y coraje... de Miguel Griot; las que hacen referencia a problemas sociales como el alcoholismo en La chica de la ginebra de Santiago García-Clairac; las dirigidas a los sentimientos de solidaridad con las personas diferentes, Dímelo con los ojos, de Alfredo Gómez Cerdá, las que hablan de amor y misterio como Las lágrimas de Shiva de César Mallorquí, y las que inciden en la conservación medioambiental, La negrura del mar, de Ramón Caride.

Además proliferaron libros con animales muy humanizados como protagonistas, donde realidad y fantasía se entrecruzan, así ocurre con distintas versiones del clásico cuento de Caperucita Roja: La ladrona de sellos de Txabi Arnal Gil; Feroz el lobo de Margarita del Mazo; Lo que no vio Caperucita de Mar Ferrero; o en historias como El elefante que quería ser hormiga de Emilio Calderón y Mari Luz Bravo o Carnaval en el jardín de Gemma Armengol.

Además, para el público infantil y juvenil han proliferado los álbumes ilustrados, dotados de gran belleza y una enorme calidad dada la plasticidad de los trabajos publicados como: Ahab y la ballena blanca de Manuel Marsol; el clásico Hansel y Gretel con ilustraciones de Iratxe López de Munaín; Las aventuras de la bruja Fritanga de Xan López Domínguez; Un paseo con el señor Gaudi de Pau Estrada o Un trocito de horizonte de Arturo Abad.


En este nuevo siglo también se prodigaron las novelas gráficas, dirigidas especialmente al público juvenil y adulto, unas inspiradas en obras clásicas como la versión de ¿Cuánta tierra necesita un hombre? de Leon Tolstoi e ilustrada por Miguel Ángel Diez; Los 12 trabajos de Hércules ilustrados por Miguel Calatayud; El parque de la luna, de Miguel Navia; El arte de volar de Antonio Altarriba o Arrugas de Paco Roca.


Hoy algunos escritores de LIJ compaginan su labor docente con la producción literaria como es el caso de Ana Alcolea, La noche más oscura; Rosa Huertas, Tuerto, maldito y enamorado; o David Lozano, Donde surgen las sombras; otros dejaron la enseñanza para vivir de la escritura, Ricardo Gómez, La isla de Nuncameolvides; hay quien compagina periodismo y LIJ, Blanca Álvarez, Hormigas en bota de fútbol; o Pablo Aranda, Fede quiere ser pirata; a estos autores se puede añadir una pléyade de nombres que disfrutan inventando historias para pequeños y jóvenes lectores: Laura Gallego, Memorias de Idhún; María Menéndez Ponte, Nunca seré tu héroe; Eliacer Cansino, El misterio Velázquez; Gonzalo Moure, El síndrome de Mozart; Antonio A; Gómez Yebra, Un gato verde más o menos; Care Santos, Se vende mamá; David Fernández Sifres, Un intruso en mi cuaderno¸ Emilio Calderón, Julieta sin Romeo; Francisco Valladares, Antares; Juan Madrid, El hijo de Sandokán; Maite Carranza, Palabras envenenadas; Mónica Rodríguez, El círculo de robles; Pep Bruno, La siesta de los Enormes; Roberto Santiago El sueño de Iván y un larguísimo etcétera.


Cuando hablamos de LIJ generalmente lo hacemos de la narrativa porque la poesía y el teatro son aún más minoritarios que en la Literatura dirigida al público adulto.

Existe un grupo de poetas que escribe para la infancia con bastante aceptación por parte de los lectores, que se detallan por orden alfabético: Mar Venegas, Niña pluma, niña nadie; Miquel Desclot, Música, maestro; Jaime Ferrán, La playa larga; Gloria Fuertes, La poesía no es un cuento; María García Esperón, Y mi bosque encantaba…; Antonio García Teijeiro, Versos con alas; Carmen Gil, Papandujas y zarandajas; Antonio Gómez Yebra, Poemas para niños; María Jesús Lobato, A mares; Pedro Mañas, Poemas para leer antes de leer; Carlos Murciano, Un ave azul que vino de las islas del sueño; Carlos Reviejo, Versos de colores; Antonia Rodenas, El corro de las palabras; Marina Romero, Poemas rompecabezas; Ana María Romero Yebra, El pirata Pepe; Charo Ruano, Catalina lina luna; Antonio Rubio, Versos vegetales; Gloria Sánchez, Diez piratas; Jaime Siles El giptodonte; Olga Xirinachs, La Casona en el parque; y algunos más que se quedan en el tintero.

El teatro para pequeños y jóvenes lectores se alimenta de versiones adaptadas de autores clásicos y de una producción creada pensando en este segmento de población; entre los autores dramáticos hay que destacar a los escriben pensando siempre en los pequeños lectores como Fernando Almena, Los pieles rojas no quieren hacer el indio; José Luis Alonso de Santos, Teatro breve; José M. Ballestero Pastor, Érase una vez la revolución; Carles Cano, ¡Te pillé, Caperucita!; Carlos Casares, Las naranjas más naranjas de todas las naranjas; Juan Cervera, El alcaldillo y sus colegas; Pilar Enciso, Asamblea general; José González Torices, Proceso a un espantapájaros; Luis Matilla, Teatro para amar y desarmar; Alberto Miralles, Aventuras, misterios y maravillas del Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda; Paco Gámez, Nana en el tejado; o bien lo hacen esporádicamente, como Josep Albanell, El gallifoscam; Alfredo Gómez Cerdá, La guerra de nunca acabar; Fernando Lalana, Segismundo y compañía; Antonio Rodríguez Almodóvar, La niña que riega las albahacas; Alfonso Zurro, Farsas maravillosas

Hay que resaltar que la Literatura Infantil y Juvenil y la Literatura Universal, constituyen una forma artística de expresar la vida a través de la palabra; y es además una parcela propia y específica de la Cultura y el Arte, que ha procurado crear historias que los adultos puedan aceptar como convenientes y que a los niños supongan un diálogo entre la sociedad y las nuevas generaciones, ya que un libro que no ayude en algún sentido es un libro muerto.
Por ende, toda obra narrativa debe reflejar aspectos vivenciales que ayuden a formar la personalidad de los pequeños lectores, teniendo en cuenta que los textos literarios infantiles son la llave que abre las puertas a la cultura literaria y, por tanto, componen la base sobre la que el niño construye su competencia lecto-literaria.


Una labor primordial de los adultos, como educadores, ha de ser conseguir que niños, adolescentes y jóvenes sean buenos lectores, capaces de escoger libros que les interesen y que les parezcan atractivos, para que este interés les lleve a continuar leyendo. Hay que inducirlos a descubrir el gusto de la lectura en libertad, porque aquella es el agua de la vida que los conducirá a descubrir sus propias lecturas autónomas e independientes del mediador adulto y se haga realidad que el hecho de leer debe ser un fin en sí mismo, y que los libros no muestran el camino de la felicidad. Los libros son la felicidad, aunque sigamos planteándonos eternamente la siguiente pregunta: ¿En qué momento se convierte uno en lector?


Nos convertimos en lectores desde el instante en que escuchamos el primer relato en nuestra infancia. Ese momento en el que optamos por leer los sonidos que llegan a nuestros oídos es el que nos introduce en el mundo de la lectura, lo que ocurre es que es otra forma de leer, más cómoda y placentera, que no conduce irremisiblemente al mundo de la letra impresa a todos los seres humanos, pero muchos se pierden en el tránsito de un tipo de lectura a otra.


Del esfuerzo que realice la sociedad para fomentar la lectura placentera entre las personas van a depender los resultados que se obtengan en este campo.


Llevar a cabo animaciones a la lectura esporádicamente entre la población, ya sea en los centros educativos o en las bibliotecas públicas puede influir en determinadas personas a la hora de elegir ser lectores o no, pero difícilmente se observarán cambios de conducta entre los asistentes a tales actividades si no son sistemáticas, perfectamente regladas y tendentes a conseguir los objetivos propuestos.


Conseguir que los alumnos de un centro se interesen por la lectura literaria es una tarea titánica plagada de obstáculos y cortapisas pero muy grata de experimentar. Al final de un largo período de actividades alrededor de los libros seleccionados se puede conseguir un amplio grupo de lectores activos que disfruten con los libros, pero no todos los nuevos lectores mantienen ese hábito si el ambiente escolar no lo propicia continuamente.


Formar lectores es una meta muy ambiciosa que debería constituirse en uno de los lemas de toda institución escolar, sobrepasando los tópicos típicos que a modo de mensaje repetitivo quieren inculcar en los alumnos frases como: “la lectura nos hace libres”, “el buen lector aprueba siempre” o “lee que eso es bueno para ti”, todo ello, sin olvidar las afirmaciones de los liberales del siglo XIX, los cuales pensaban que no debía construirse un estado moderno en torno a una juventud y un pueblo ignorantes y analfabetos.


Por último, insistir que no surgirán lectores si nos limitamos a dar teorías brillantes y consejos a unos niños o jóvenes que desean conocer los porqués de la vida y disfrutar de ella activamente. Habría que implicarlos en la compresión y análisis de textos de forma placentera y guiarlos en la selección de libros adecuados a sus intereses y gustos en ese dédalo al que llega a convertirse la biblioteca, considerando “la emoción como el epicentro de toda enseñanza. La emoción es el vehículo que transporta las palabras y su significado. Sin emoción no hay significado, y sin significado no se puede aprender anda.” (Moral Teruel, Francisco, 2015).


No olvidemos que con la lectura aprenderemos a conocernos mejor y a construir nuestro futuro sin olvidarnos de la existencia de los otros, aunque “no necesariamente nos hará más felices pero nos puede proporcionar experiencias que merecen la pena por intensas, por sorprendentes, por increíbles.”(Borda Crespo, Isabel, 2006, p. 182).


Y por último, recordar que nuestra vida no está en los libros, pero en los libros hay muchas vidas que nos ayudarán a conocer la nuestra.


Formar un lector literario en nuestras aulas debe tener como premisa partir de la alegría de aprender, porque este es un sentimiento de ánimo que te despierta la curiosidad, te centra la atención y te anima a llevar a cabo acciones y, además, el ser humano aprende de formas más fácil y placentera.




BIBLIOGRAFÍA

Bettelheim, Bruno: Psicoanálisis de los cuentos de hadas, B., Crítica/Grijalbo, 19868.


Borda Crespo, Isabel: Literatura Infantil y Juvenil. Teoría y Didáctica, Granada, Grupo Editorial Universitario, 2002.


----, Cómo iniciar a la lectura, Málaga, Arguval, 2006.


Bryant, Sara C.: El arte de contar cuentos, B., Biblària, 199513.


Cashdan, Sheldon: La bruja debe morir, M., Debate, 2000.


Colomer, Teresa: La formación del lector literario, M., Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1998.


-----,: Introducción a la literatura infantil y juvenil, M., Síntesis, 1999.


Cortes Criado, José R.: “La imagen y el cuento. Estrategias para crear cuentos a partir de imágenes”, en Escaño Quero, Mª Dolores (Coord.): VI Encuentro Comarcal de Educación Infantil. Comunicaciones, Málaga, CEP de la Axarquía, 1997.


------, “El cuento como tradición oral”, en Escaño Quero, Mª Dolores (Coord.): VI Encuentro Comarcal de Educación Infantil. Comunicaciones, Málaga, CEP de la Axarquía, 1997.


Durán, Teresa: Leer antes de leer, M., Anaya, La sombra de la palabra, 2002.


Farias, Juan: “Notas para una charla de invierno”, Alacena, nº 21, 1994/1995.


Fernández, Victoria: “Panorama a grandes rasgos”, Trabajadores de la Enseñanza, nº 204, 1999.


García Rivera, Gloria: Didáctica de la Literatura para la Enseñanza Primaria y Secundaria, M., Akal, 1995.

sábado, 19 de mayo de 2018

"Animación a la lectura" de José R. Cortés Criado.



Por José R. Cortés Criado.

Una labor primordial de los adultos, como educadores, ha de ser conseguir que niños, adolescentes y jóvenes sean buenos lectores, capaces de escoger libros que les interesen y que les parezcan atractivos, para que este interés les lleve a continuar leyendo.  Hay que inducirlos a descubrir el gusto de la lectura en libertad, porque aquella es el agua de la vida que los conducirá a descubrir sus propias lecturas autónomas e independientes del mediador adulto y se haga realidad que el hecho de leer debe ser un fin en sí mismo, y que los libros no muestran el camino de la felicidad. Los libros son la felicidad, aunque sigamos planteándonos eternamente la siguiente pregunta: ¿En qué momento se convierte uno en lector? 

Nos convertimos en lectores desde el instante en que escuchamos el primer relato en nuestra infancia. Ese momento en el que optamos por leer los sonidos que llegan a nuestros oídos es el que nos introduce en el mundo de la lectura, lo que ocurre es que es otra forma de leer, más cómoda y placentera, que no conduce irremisiblemente al mundo de la letra impresa a todos los seres humanos, pero muchos se pierden en el tránsito de un tipo de lectura a otra.

Del esfuerzo que realice la sociedad para fomentar la lectura placentera entre las personas van a depender los resultados que se obtengan en este campo.

Llevar a cabo animaciones a la lectura esporádicamente entre la población, ya sea en los centros educativos o en las bibliotecas públicas puede influir en determinadas personas a la hora de elegir ser lectores o no, pero difícilmente se observarán cambios de conducta entre los asistentes a tales actividades si no son sistemáticas, perfectamente regladas y tendentes a conseguir los objetivos propuestos.

Conseguir que los alumnos de un centro se interesen por la lectura literaria es una tarea titánica plagada de obstáculos y cortapisas pero muy grata de experimentar. Al final de un largo período de actividades alrededor de los libros seleccionados se puede conseguir un amplio grupo de lectores activos que disfruten con los libros, pero no todos los nuevos lectores mantienen ese hábito si el ambiente escolar no lo propicia continuamente.

Formar lectores es una meta muy ambiciosa que debería constituirse en uno de los lemas de toda institución escolar, sobrepasando los tópicos típicos que a modo de mensaje repetitivo quieren inculcar en los alumnos frases como: “la lectura nos hace libres”, “el buen lector aprueba siempre” o “lee que eso es bueno para ti”, todo ello, sin olvidar las afirmaciones de los liberales del siglo XIX, los cuales pensaban que no debía construirse un estado moderno en torno a una juventud y un pueblo ignorantes y analfabetos.

Por último, insistir que no surgirán lectores si nos limitamos a dar teorías brillantes y consejos a unos niños o jóvenes que desean conocer los porqués de la vida y disfrutar de ella activamente. Habría que implicarlos en la compresión y análisis de textos de forma placentera y guiarlos en la selección de libros adecuados a sus intereses y gustos en ese dédalo al que llega a convertirse la biblioteca, considerando “la emoción como el epicentro de toda enseñanza. La emoción es el vehículo que transporta las palabras y su significado. Sin emoción no hay significado, y sin significado no se puede aprender anda.” (Moral Teruel, Francisco, 2015).

No olvidemos que con la lectura aprenderemos a conocernos mejor y a construir nuestro futuro sin olvidarnos de la existencia de los otros, aunque “no necesariamente nos hará más felices pero nos puede proporcionar experiencias que merecen la pena por intensas, por sorprendentes, por increíbles.”(Borda Crespo, Isabel, 2006, p. 182).

Y por último, recordar que nuestra vida no está en los libros, pero en los libros hay muchas vidas que nos ayudarán a conocer la nuestra.

Formar un lector literario en nuestras aulas debe tener como premisa partir de la alegría de aprender, porque este es un sentimiento de ánimo que te despierta la curiosidad, te centra la atención y te anima a llevar a cabo acciones y, además, el ser humano aprende de formas más fácil y placentera.


BIBLIOGRAFÍA
Bettelheim, Bruno: Psicoanálisis de los cuentos de hadas, B., Crítica/Grijalbo, 19868.

Borda Crespo, Isabel: Literatura Infantil y Juvenil. Teoría y Didáctica, Granada, Grupo Editorial Universitario, 2002.

----, Cómo iniciar a la lectura, Málaga, Arguval, 2006.

Bryant, Sara C.: El arte de contar cuentos, B., Biblària, 199513.

Cashdan, Sheldon: La bruja debe morir, M., Debate, 2000.

Colomer, Teresa: La formación del lector literario, M., Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1998.

-----,: Introducción a la literatura infantil y juvenil, M., Síntesis, 1999.

Cortes Criado, José R.: “La imagen y el cuento. Estrategias para crear cuentos a partir de imágenes”, en Escaño Quero, Mª Dolores (Coord.): VI Encuentro Comarcal de Educación Infantil. Comunicaciones, Málaga, CEP de la Axarquía, 1997.

------, “El cuento como tradición oral”, en Escaño Quero, Mª Dolores (Coord.): VI Encuentro Comarcal de Educación Infantil. Comunicaciones, Málaga, CEP de la Axarquía, 1997.

Durán, Teresa: Leer antes de leer, M., Anaya, La sombra de la palabra, 2002.

Farias, Juan: “Notas para una charla de invierno”, Alacena, nº 21, 1994/1995.

Fernández, Victoria: “Panorama a grandes rasgos”, Trabajadores de la Enseñanza, nº 204, 1999.

García Rivera, Gloria: Didáctica de la Literatura para la Enseñanza Primaria y Secundaria, M., Akal, 1995.

domingo, 13 de mayo de 2018

"Acercamiento a la Literatura Infantil y Juvenil" de José R. Cortés Criado


Acercamiento 

a la Literatura Infantil 

y Juvenil





Por José R. Cortés Criado


El sistema educativo, que ha sufrido algunos grandes cambios en las últimas décadas, ha conseguido, entre otras mejoras, la escolarización de todos los niños y niñas del país, ha alargado el período de estudios, ha reducido drásticamente el analfabetismo y ha potenciado la Literatura para todas las edades, por lo que el niño nada más nacer entra en contacto con la literatura, a pesar de no saber leer.

Actualmente se venden libros almohadas, libros galletas, libros de goma espuma, de tela o de plásticos ideales para el baño y para que el bebé los manosee o muerda con sus encías desdentadas, junto al cuento electrónico o tableta digital para que los toque e interactúe, entrando de lleno en el mundo de los libros antes de iniciarse en el conocimiento de la palabra escrita, y como escribe Teresa Durán, “En lo que respeta al libro infantil estamos asistiendo actualmente a la mayor variedad de formatos, materiales registros y contenidos que jamás haya existido” (Durán, Teresa, 2002, p. 80)

Y como los libros de lectura buscan cada vez destinatarios más jóvenes, la imagen cobra mayor protagonismo en la edición actual, porque lo que se pretende es poner a los pequeños en contacto con los libros desde el momento de su nacimiento para forjar un vínculo entre ellos y la literatura.

Además, el lenguaje iconográfico y el escrito se complementan en todo acto comunicativo, siendo más fácil que los bebés asocien la imagen del objeto representado con determinados elementos que les sean familiares e ignoren la simbología que encierran las letras. Hay que destacar que tanto la palabra como la imagen son elementos fundamentales para la comunicación humana, y aparecen frecuentemente asociados.

Por ello, en el mercado se encuentran libros para ser manipulados por los más pequeños repletos de imágenes y casi carentes de texto, impresos sobre soportes distintos al papel, e incluso con muñecos-personajes que se desprenden del libro y/o marionetas que facilitan la narración del cuento al adulto, así como con artilugios reproductores de diferentes sonidos o tabletas electrónicas de manipulación intuitiva.

Las variedad de libros para primeros lectores es muy amplia, entre ellos podemos contemplar “libros con imágenes fijas o móviles, con superficie de distinta rugosidad, para desarrollar el sentido del tacto; de diferentes olores, para trabajar el olfato; con sonido incorporado, con páginas partidas que permiten cambiar la mitad de la escena dibujada y enriquecer la lectura, pero todos ellos con un desarrollo lógico del cuento que hace posible su lectura sin la ayuda de la palabra escrita” (Cortés Criado, José R., 1997, 20).

            LA TRADICIÓN ORAL Y LA LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

También es cierto que el ser humano nace ágrafo, y que la literatura, a fin de cuentas, existió antes de que naciera el texto escrito,  como lo prueba la longevidad de la literatura de tradición oral en todas las civilizaciones y su subsistencia, puesto que con muy pocas excepciones, los niños prefieren la narración de un cuento a su lectura,  porque un relato contado es mucho más espontáneo y enriquecedor que uno leído.

Rodríguez Almodóvar concede un gran valor a los cuentos maravillosos, por cuanto ayudan a configurar el imaginario común que une a las distintas civilizaciones, cuando afirma que las narraciones orales “constituyen el proyecto cultural más ambicioso de que ha sido capaz la fantasía colectiva, para dotarse de una cultura compartida, capaz de integrar a los numerosos pueblos” (Rodríguez Almodóvar, Antonio, 2004, p. 6)

Es indudable la importancia que la tradición oral tiene en la formación lectores, porque la palabra viene cargada de imágenes en movimiento. El cuento, las fábulas, las rimas, los romances…, conectan al niño con una cultura creada colectivamente a lo largo de los tiempos y los hace partícipes de la misma.

Los pequeños que escuchan, “leen con otro código distinto al de la lectura de grafías, porque son capaces de leer el color que la entonación puede dar a las palabras, los sentimientos que nos transmiten, la emoción de las pausas, el ritmo del relato, los gestos del rostro, de las manos, de todo el cuerpo y además  diferencian entre el relato de la acción y el diálogo de los personajes” (Cortés Criado, José R., 1997, p. 12).

A pesar de que la literatura de tradición oral no fue concebida para un público infantil, cuando se registró en forma escrita se hizo casi siempre pensando en ese segmento de la población. Este pase de la oralidad a la escritura efectuada para los más jóvenes, ha permitido que los cuentos tradicionales sigan presentes en las mentes de todos, y se pueda afirmar que el folklore como forma literaria viva radica esencialmente en la literatura infantil. 

Gracias a esta especie de transmigración, el relato maravilloso ha conservado las huellas de numerosísimos ritos y costumbres, como nos recuerda Vladimir Propp, hasta nuestros días, coincidiendo con Fernando Savater cuando afirma que todos los cuentos son coetáneos, todos ocupan el mismo plano en el tiempo, esto es, fuera del tiempo, y que en el fondo, como toda historia fantástica, “los cuentos de hadas son una celebración de la vida. Encantan y fortalecen, y son hoy tan intemporales como lo fueron hace cientos de años”, (Cashdan, Sheldon, 2000, p. 251) o como señala Bruno Bettelheim cuando afirma que  todo cuento de hadas es un espejo mágico que refleja algunos aspectos de nuestro mundo interno y de las etapas necesarias para pasar de la inmadurez a la madurez total. 

Cuando recurrimos a los cuentos maravillosos de hadas, de brujas, de encantamientos, de magia, buscamos alimentar la imaginación de los más pequeños y los invitamos a viajar con gnomos y trasgos, a países de nunca jamás, a los bosques infestados de perversos lobos o al mundo de la alquimia, donde el binomio espacio-tiempo sonoro, no solamente permite construir imágenes, sino que proporciona las claves de un lenguaje simbólico, donde vida y literatura se entrelazan.

La literatura oral es una literatura viva, en constante evolución. Sus numerosos transmisores aportan originalidad al relato cuando cambian algún detalle del mismo o la simple entonación; por ello, el niño y la niña deben recibir los cuentos de tradición oral para convertirse en un nuevo eslabón-trasmisor de historias y engrosar el grupo de autores anónimos, al incorporar su toque personal a la narración oída.

Es la mejor forma de que los cuentos populares perduren en el tiempo, y a la vez estén en continuo cambio, pues todo aquel que relata una historia transmite sus sentimientos, sus anhelos, sus temores, reduciendo o ampliando determinadas partes del relato, hecho que confiere a los cuentos populares el carácter de texto abierto.

Para los niños, según Gonzalo Moure, un cuento es literatura de anticipación, porque tienen toda una vida por delante y porque el mundo del que les habla cualquier cuento no es el mundo que existió, sino el mundo que van a encontrar en el futuro, cuando crezcan, y los ayudará a superar las dificultades que la vida inevitablemente les irá planteando.

            Algunos de los cuentos que se editan actualmente para los más jóvenes lectores eliminan de sus páginas problemas existenciales tan necesarios para la formación de la personalidad infantil como puede ser la vejez o la muerte, a pesar de ser decisivas para todos. En este sentido, afirma Bettelheim: “El niño necesita más que nadie que se le den sugerencias, en forma simbólica, de cómo debe tratar con dichas historias y avanzar sin peligro hacia la madurez. Las historias “seguras” no mencionan ni la muerte ni el envejecimiento, límites de nuestra existencia, ni el deseo de la vida eterna.” (Bettelheim, Bruno, 1986, p. 12)

Estas amputaciones de la vida real en el cuento infantil pueden ser debidas a un afán proteccionista de la infancia como reducto sagrado a mantener incólume y al hecho de haber sido analizada la Literatura Infantil y Juvenil desde posturas pedagógicas, sicológicas, histórico-bibliográficas, sociológicas y literarias, mezclándose en forma confusa.


            LA LITERATURA INFANTIL ACTUAL

Hoy, la LIJ debe enfrentarse a la necesidad de cumplir unos objetivos escolares precisos, que no deben primar respecto a ella, ya que “una pedagogía, en exceso racionalista, ha anulado en buena parte ese sentido de lo maravilloso, de lo fantástico, de lo fabuloso” (Teixidor, Emili, 1999, p. 12) que entraña la lectura.

Gloria García Rivera, por su parte, señala que “el tema de la Literatura Infantil y Juvenil es objeto de una amplia controversia en los últimos años hasta el punto de que algunos críticos han puesto en duda su existencia” (García Rivera, Gloria, 1995, p. 262), coincidiendo con Isabel Borda cuando ésta afirma: “pocas veces un área o disciplina se ha visto tan rodeada de interrogantes como la Literatura Infantil y Juvenil. Se cuestiona su definición, sus límites, sus relaciones con otros campos de la creación y el saber, e incluso, su existencia y legitimidad” (Borda Crespo, Isabel, p. 13)

Ana Pelegrín cita a los historiadores de la literatura infantil Bravo Villasante y García Padrino, para reafirmar el concepto acuñado en los años treinta, en el ideario de la Institución Libre de Enseñanza y en Las Aulas de la Escuela Nueva: la literatura infantil y juvenil se nutre de varias tradiciones culturales: a) la tradición oral; b) las obras escritas y destinadas para niños; c) los textos de autores puestos al alcance de los niños en ediciones infantiles y juveniles. 

Otros investigadores alegan que la Literatura Infantil y Juvenil no es más que aquella que el autor escribió pensando en un público infantil y juvenil; o que los lectores hicieron suyas a lo largo del tiempo con el apoyo de padres, maestros y editores.

Algunos estudiosos de la LIJ se lamentan de que las obras literarias fueron ignoradas por críticos y filólogos; y cuando fueron valoradas y enjuiciadas, lo fueron con criterios pedagógicos o morales y no literarios, mostrándose como un tipo de literatura con características diferentes, y ajenas al conjunto de la Literatura, o como una labor subalterna, cuando en realidad no es tarea fácil escribir para niños y jóvenes.

Victoria Fernández directora de CLIJ defiende tajantemente que en la LIJ “no hay fórmulas, pese a lo que pueden creer autores y editores. [...] En la creación literaria interviene el factor talento, que no admite fórmulas: o lo hay o no lo hay. Y sin talento no hay literatura” (Fernández, Victoria, 1999, p. 37). Por tanto,  los escritores deben ser conscientes de la necesaria lucidez a la hora de escribir y no crear un producto menor, sino exigirse un nivel de excelencia literaria riguroso, y como dice Sierra i Fabra: “Nuestra obligación de escritores es ser honestos con nosotros mismos”.

Además hay que reflexionar sobre lo expuesto por Emilio Pascual para comprender el valor de la Literatura Infantil y Juvenil, cuando declara: “Un escritor no aprende a escribir para niños por contenerse dentro de los límites precisos de unas teóricas fronteras: sabrá que ha acertado cuando el lector niño se sumerja gozoso en sus páginas, aunque para conseguirlo haya transgredido todas las fronteras visibles e invisibles, reales o imaginarias” (Pascual, Emilio, 1993, p. 9). 

            También hay que meditar sobre el contenido que guardan las palabras de García Puelles, publicadas en la revista El Cultural de El Mundo: “Dedicarse al género infantil es como irse de vacaciones en el tiempo, y volver a la infancia. En el juvenil, el atractivo consiste en la dificultad: cómo escribir una novela que interese a los jóvenes, sin hacer concesiones ni que suene a cosa sabida (Muñoz Puelles, Vicente, 2005, pp. 8-9).

Lo expuesto hasta aquí viene a incidir en la existencia de una producción literaria destinada a niños y a jóvenes, que no es ajena a la Literatura en general, sino que por su origen oral, por haber sido escrita pensando en destinatarios muy jóvenes, por la temática tratada o por la edad de los protagonistas, ha sido ideada para un público infantil y juvenil. 

El debate no debe ser ahora sobre la existencia o no de la Literatura Juvenil (LJ), sino de su diferenciación respecto a la Literatura Infantil (LI), ya que la LJ debe buscar su identidad para diferenciarse de la que hasta ahora se ha considerado literatura infantil y juvenil indistintamente.

            LA LITERATURA JUVENIL ACTUAL

En menoscabo de la Literatura Juvenil se han esgrimido, entre otros argumentos, el hecho de adecuarse a su receptor y que este fenómeno rebaja su calidad literaria o es de baja intensidad, sin apreciar que se puede tratar una temática adecuada a adolescentes y jóvenes desde una posición literaria de calidad, como sugiere Miguel Delibes cuando dice que para escribir para niños no hay que escribir como un tonto, remedando la voz la abuelita.

También se añade que algunas obras destinadas al público juvenil difícilmente perduran en el tiempo si el autor abusa del argot juvenil de moda, de las canciones de un momento pasajero o de la serie televisiva que no marcó época.

Enzo Petrini en los años sesenta publicó Estudio crítico de la literatura juvenil, libro que se ocupaba de una literatura que abarcaba desde los álbumes ilustrados, hasta las obras de divulgación científica o de viajes; Petrini consideraba la literatura juvenil como literatura educativa, que gracias a los profesionales de la enseñanza estaba viva, de lo que se desprende que la Literatura Juvenil es educativa en la misma medida que la Literatura General.

En la misma línea insisten eruditos de la Literatura cuando afirman que el reconocimiento de la Literatura Infantil y Juvenil existe y que se debe, especialmente, al interés de un sector de profesionales vinculados con la educación y con los estudios literarios, que han aunado fines, objetivos y criterios coherentes con el ámbito educativo y personal en que se desenvuelven los lectores de LIJ.

La Literatura Juvenil demuestra su razón de existir cuando los profesionales de la enseñanza se enfrentan a un alumnado adolescente, al que desean introducir en el terreno de la literatura, como disfrute y formación de su personalidad, durante la denominada Educación Secundaria Obligatoria y se encuentran con la ausencia de la literatura juvenil del canon literario escolar, obligándolos a replantearse la elección de textos adecuados a sus pretensiones educativas.

Se utilizan los mismos argumentos a favor y en contra de la LJ, como anteriormente se hizo con la LI, cuando lo verdaderamente importante debe ser que dicha literatura responda a los intereses de adolescentes y jóvenes. Así se puede afirmar que la importancia de los libros juveniles radica en el hecho de que a través de esas lecturas los jóvenes pueden desarrollar y afirmar su identidad y escoger su lugar en el mundo cambiante y ambivalente que se presenta ante sus expectativas de vida.

Hay que considerar que no se considera literatura juvenil la que simplemente maneja personajes juveniles o temas de presunto interés para los adolescentes, o aquella que se edita en colecciones destinadas a los jóvenes; sino que se ha de valorar que la Literatura Infantil y la Juvenil, como parte de la Literatura general, y como reflejo artístico de la vida, la historia y la realidad de la sociedad.

Por otra parte, es fundamental asumir que la valoración de toda obra de Literatura Infantil y Juvenil suele proceder de personas adultas: profesores, padres, bibliotecarios, etc., que son los auténticos mediadores entre los libros y sus destinatarios; por lo que el escritor o escritora es consciente de que su obra ha de superar dos obstáculos: el beneplácito de los adultos y la aquiescencia de los jóvenes, para los que cada libro debe resultar una puerta abierta a la recreación y al disfrute imaginativo que la carga moralizante ha enturbiado durante tanto tiempo.

Conseguir que una persona disfrute con la lectura de un texto literario es tarea ardua de lograr, porque escribir un relato solo a base de palabras y convencer a un lector para que lo lea es pedirle su complicidad es, en el fondo, un acto de ilusionismo, ya que únicamente se convierte en placer cuando es activa, creativa y habitual; y para llegar a ello son necesarios el rigor, la soledad, la disciplina y la constancia, ya que la actividad de leer textos literarios es un placer intelectual y, como la mayoría de los placeres del intelecto, exige un aprendizaje costoso que se consigue con los años y con el esfuerzo. 

Además hay que tener presente que el libro en soporte papel como objeto cultural y la lectura tradicional están perdiendo su primacía ya que el lector del siglo XXI se encuentra más cerca del mundo audiovisual porque “los jóvenes navegan por Internet, chatean con sus amigos, leen “on line” mensajes que incorporan los auditivo con lo visual y táctil, diseñan sus blogs, y todo ello con una habilidad y disponibilidad que quisiéramos ver invertidas en la lectura de un libro. (Borda, Isabel, 2006)
           
Y si se trata de fomentar la lectura, lo mejor es partir de la premisa de que leer debe ser divertido y que hay que facilitar el acercamiento a los libros desde los primeros meses de vida del individuo, iniciando el proceso con un primer contacto por medio de los sentidos hasta conseguir que nuestro raciocinio sea capaz de percibir la belleza que encierra la letra impresa.



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