sábado, 2 de junio de 2018

La fuga de los personajes VIII. Lo que acaeció cierto día que se encontraron Jacob y Wilhelm Grimm con Charles Perrault de José R. Cortés Criado

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VIII. Lo que acaeció cierto 

día que se encontraron 

Jacob y Wilhelm Grimm con 

Charles Perrault.







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Por José R. Cortés Criado.

Lo que acaeció cierto día que deambulaban por la Gloria de los Cuentistas estos insignes señores; por un lado caminaba despacito y meditando en su soledad un señor llamado Charles Perrault, de origen francés, ¡ay, lo que echaba de menos la ciudad de París! Es que los parisinos son así.

Por otro venían dos hermanos, Jacob y Wilhelm Grimm, platicando de sus recuerdos berlineses y de esos cuentos de hadas que todos conocen como los cuentos de los hermanos Grimm.

Cuando confluyeron en la plazoleta de la fuente de las tres gracias se pararon a contemplar los saltos de los surtidores  y la belleza de las tres damas, uno giraba de derecha a izquierda y los otros de izquierda a derecha, los tres mirando hacia el interior de la fuente y, como es lógico, se chocaron y en ese momento se reconocieron.

Jacob le dijo a su hermano:

-Ese que ves es Charles Perrault.

-Por supuesto que sé quién es, ¿qué te crees?- le espetó Wilhelm expresándole su malestar por considerarlo un despistado.

- ¡Buenos días nobles hermanos!- Fue la respuesta de ese señor con enorme pelambrera que estaba sentado en el suelo.

Lo ayudaron a levantarse y se acomodaron en un banco cercano que recibía los rayos del solecito primaveral, que tan bien le vienen a las almas benditas de este paraíso.
Y como una cosa lleva a la otra, después de los saludos, parabienes y mejores deseos, hablaron de cuentos, ¡por algo son cuentistas!

Y aquí salió Caperucita Roja, ¿cómo no? Si tanto el francés como los alemanes escribieron su versión de esa historia antiquísima y comenzaron las comparaciones y algún que otro dardo verbal cruzó el aire.

-No sé por qué escribieron una moraleja al final del cuento, a mí me llegó la versión en la que cada cual sacaba sus conclusiones y santas pascuas, pero ustedes tenían que marcarlo todo muy clarito como si los lectores fueran tontos.

- Pues sí, Monsieur Perrault, nosotros escribimos al final que la niña llamada Caperucita Roja, después de la experiencia, siempre hizo caso a su madre y nunca se desvió del camino ni caminó sola por el bosque.

- No me convence usted, Herr Jacob, no hay que dar consejos, ni medio consejo. – Levantó el dedo índice de su mano derecha-. Además, por qué sitúan a la abuelita en medio de un bosque, si vivía en un pueblo, en las afueras, pero en un pueblo, no sola en medio de muchos árboles.

- Es que nos pareció más adecuado. Igual que nos gusta más pensar que el lobo la engaña diciéndole que debería llevarle un ramo de bonitas flores a su abuelita, es más humano que solo decirle que siga por un camino nuevo, creo que es menos creíble- remachó Wilhelm.

- Bueno, menos creíble…, mejor será decir menos literario, yo procuré no adornarlo mucho y contarlo tal como llegó a mis oídos. También discrepo con ustedes en esa advertencia de la madre para que no abandone nunca el camino, me parece mucha enseñanza de la disciplina familiar.

- Señor, señor- meneó la cabeza de derecha a izquierda Jacob-. Hay temas que usted trata con suma frescura, como hacer que Caperucita se desnude y se meta en la cama con el lobo. ¡A dónde vamos a llegar! Eso sí que es muy literario y algo más que me callo por respeto a los pequeños que siguen este diálogo.

- Diga lo que piense, no sea cobarde. La vida es de los valientes. Yo acabé mi versión con la comilona del lobo. El final es que el lobo se come a la abuela y a la nieta y punto. Nada de consejos, que de sentencias estamos ya un poco cansados.

- Sí, muy bonito, pero en su cuento triunfa el mal. El malvado no recibe castigo alguno, y… ¡hasta ahí podíamos llegar! – elevó un poco la voz el tranquilo Jacob.

- ¿Y qué? ¿Es que en la vida real siempre triunfa el bien? Pues mire a su alrededor y comprenderá que eso es una falacia. Yo creo que el final sin castigo al lobo es adecuado, pero el que ustedes relatan es hacer a Caperucita cómplice del suplicio del pobre lobo.

- De pobre nada, que es una mala bestia- dijo con malhumor Wilhelm-, a nosotros nos parece muy bien que sea la pobre niña la que le llene la barriga de piedras al lobo y que este fallezca en el río próximo a la vivienda de la abuela.

- ¡Allá ustedes! No soy amigo de moralejas, pero esto no es nada comparado con las millones de versiones diferentes que se han escrito desde nuestros tiempos.

- En eso estamos los tres de acuerdo, ¿verdad Wilhelm? Creo que nosotros pasamos a papel la historia tal como nos llegó y la consideramos más adecuada para que, en este caso, las jovencitas no fuesen casquivanas y obedeciesen a sus madres.

- Bueno, si yo llego a sospechar la de versiones que se iban a hacer de este clásico hubiese escrito más de una, aunque no tan ingeniosas como las del siglo XXI. Es que la sociedad ha evolucionado de una forma que nunca llegué a sospechar, sino ya me hubiese encargado yo de hacerla viajar a lugares maravillosos, ya sea la ciudad de Nueva York, el río Amazonas o incluso enviarla a la luna- afirmó Wilhelm.

- ¡Ea! Nos tocó vivir en nuestra época y lo hicimos lo mejor que supimos. Las nuevas generaciones de escritores, contadores o recitadores, ya sean abuelas, madres, padres,  o vete tú a saber quién sabrán cómo adornar esta historia que permanece en nuestro acervo cultural para que los nuevos lectores lo acepten como verosímil y la cadena creadora no se rompa jamás.

- ¡Exácto! ¡Correcto! Eso mismo pienso yo Monsieur Perrault, y creo que mi hermano también, porque asiente con su cabeza; así que no nos dediquemos a ajustar cuentas de algo que hicimos hace muchos años.

- Por mi parte está todo dicho, únicamente quiero añadir que solo espero que esta historia siga viva y se vaya enriqueciendo día tras día a lo largo de los siglos, como me llamo Charles Perrualt.

- Así sea. Esto solo depende de los lectores y de los contadores de historias, de ellos es la responsabilidad, ¿verdad hermano Wilhelm?

- Verdad verdadera, Jacob.

Los tres escritores siguieron platicando pero la temática era diferente, así que los dejamos charlar amigablemente bajo este sol primaveral.


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