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sábado, 2 de junio de 2018

La fuga de los personajes VIII. Lo que acaeció cierto día que se encontraron Jacob y Wilhelm Grimm con Charles Perrault de José R. Cortés Criado

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VIII. Lo que acaeció cierto 

día que se encontraron 

Jacob y Wilhelm Grimm con 

Charles Perrault.







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Por José R. Cortés Criado.

Lo que acaeció cierto día que deambulaban por la Gloria de los Cuentistas estos insignes señores; por un lado caminaba despacito y meditando en su soledad un señor llamado Charles Perrault, de origen francés, ¡ay, lo que echaba de menos la ciudad de París! Es que los parisinos son así.

Por otro venían dos hermanos, Jacob y Wilhelm Grimm, platicando de sus recuerdos berlineses y de esos cuentos de hadas que todos conocen como los cuentos de los hermanos Grimm.

Cuando confluyeron en la plazoleta de la fuente de las tres gracias se pararon a contemplar los saltos de los surtidores  y la belleza de las tres damas, uno giraba de derecha a izquierda y los otros de izquierda a derecha, los tres mirando hacia el interior de la fuente y, como es lógico, se chocaron y en ese momento se reconocieron.

Jacob le dijo a su hermano:

-Ese que ves es Charles Perrault.

-Por supuesto que sé quién es, ¿qué te crees?- le espetó Wilhelm expresándole su malestar por considerarlo un despistado.

- ¡Buenos días nobles hermanos!- Fue la respuesta de ese señor con enorme pelambrera que estaba sentado en el suelo.

Lo ayudaron a levantarse y se acomodaron en un banco cercano que recibía los rayos del solecito primaveral, que tan bien le vienen a las almas benditas de este paraíso.
Y como una cosa lleva a la otra, después de los saludos, parabienes y mejores deseos, hablaron de cuentos, ¡por algo son cuentistas!

Y aquí salió Caperucita Roja, ¿cómo no? Si tanto el francés como los alemanes escribieron su versión de esa historia antiquísima y comenzaron las comparaciones y algún que otro dardo verbal cruzó el aire.

-No sé por qué escribieron una moraleja al final del cuento, a mí me llegó la versión en la que cada cual sacaba sus conclusiones y santas pascuas, pero ustedes tenían que marcarlo todo muy clarito como si los lectores fueran tontos.

- Pues sí, Monsieur Perrault, nosotros escribimos al final que la niña llamada Caperucita Roja, después de la experiencia, siempre hizo caso a su madre y nunca se desvió del camino ni caminó sola por el bosque.

- No me convence usted, Herr Jacob, no hay que dar consejos, ni medio consejo. – Levantó el dedo índice de su mano derecha-. Además, por qué sitúan a la abuelita en medio de un bosque, si vivía en un pueblo, en las afueras, pero en un pueblo, no sola en medio de muchos árboles.

- Es que nos pareció más adecuado. Igual que nos gusta más pensar que el lobo la engaña diciéndole que debería llevarle un ramo de bonitas flores a su abuelita, es más humano que solo decirle que siga por un camino nuevo, creo que es menos creíble- remachó Wilhelm.

- Bueno, menos creíble…, mejor será decir menos literario, yo procuré no adornarlo mucho y contarlo tal como llegó a mis oídos. También discrepo con ustedes en esa advertencia de la madre para que no abandone nunca el camino, me parece mucha enseñanza de la disciplina familiar.

- Señor, señor- meneó la cabeza de derecha a izquierda Jacob-. Hay temas que usted trata con suma frescura, como hacer que Caperucita se desnude y se meta en la cama con el lobo. ¡A dónde vamos a llegar! Eso sí que es muy literario y algo más que me callo por respeto a los pequeños que siguen este diálogo.

- Diga lo que piense, no sea cobarde. La vida es de los valientes. Yo acabé mi versión con la comilona del lobo. El final es que el lobo se come a la abuela y a la nieta y punto. Nada de consejos, que de sentencias estamos ya un poco cansados.

- Sí, muy bonito, pero en su cuento triunfa el mal. El malvado no recibe castigo alguno, y… ¡hasta ahí podíamos llegar! – elevó un poco la voz el tranquilo Jacob.

- ¿Y qué? ¿Es que en la vida real siempre triunfa el bien? Pues mire a su alrededor y comprenderá que eso es una falacia. Yo creo que el final sin castigo al lobo es adecuado, pero el que ustedes relatan es hacer a Caperucita cómplice del suplicio del pobre lobo.

- De pobre nada, que es una mala bestia- dijo con malhumor Wilhelm-, a nosotros nos parece muy bien que sea la pobre niña la que le llene la barriga de piedras al lobo y que este fallezca en el río próximo a la vivienda de la abuela.

- ¡Allá ustedes! No soy amigo de moralejas, pero esto no es nada comparado con las millones de versiones diferentes que se han escrito desde nuestros tiempos.

- En eso estamos los tres de acuerdo, ¿verdad Wilhelm? Creo que nosotros pasamos a papel la historia tal como nos llegó y la consideramos más adecuada para que, en este caso, las jovencitas no fuesen casquivanas y obedeciesen a sus madres.

- Bueno, si yo llego a sospechar la de versiones que se iban a hacer de este clásico hubiese escrito más de una, aunque no tan ingeniosas como las del siglo XXI. Es que la sociedad ha evolucionado de una forma que nunca llegué a sospechar, sino ya me hubiese encargado yo de hacerla viajar a lugares maravillosos, ya sea la ciudad de Nueva York, el río Amazonas o incluso enviarla a la luna- afirmó Wilhelm.

- ¡Ea! Nos tocó vivir en nuestra época y lo hicimos lo mejor que supimos. Las nuevas generaciones de escritores, contadores o recitadores, ya sean abuelas, madres, padres,  o vete tú a saber quién sabrán cómo adornar esta historia que permanece en nuestro acervo cultural para que los nuevos lectores lo acepten como verosímil y la cadena creadora no se rompa jamás.

- ¡Exácto! ¡Correcto! Eso mismo pienso yo Monsieur Perrault, y creo que mi hermano también, porque asiente con su cabeza; así que no nos dediquemos a ajustar cuentas de algo que hicimos hace muchos años.

- Por mi parte está todo dicho, únicamente quiero añadir que solo espero que esta historia siga viva y se vaya enriqueciendo día tras día a lo largo de los siglos, como me llamo Charles Perrualt.

- Así sea. Esto solo depende de los lectores y de los contadores de historias, de ellos es la responsabilidad, ¿verdad hermano Wilhelm?

- Verdad verdadera, Jacob.

Los tres escritores siguieron platicando pero la temática era diferente, así que los dejamos charlar amigablemente bajo este sol primaveral.


sábado, 26 de mayo de 2018

La fuga de los personajes VII. Lo que acaeció al leñador de Caperucita Roja cierto día que… de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes VII. 

Lo que acaeció al leñador de 

Caperucita Roja cierto día que…



Rexto: José R. Cortés Criado.


Sí, yo soy el leñador, ese que algunas veces también llaman cazador, soy el mismo aunque me llamen de las dos maneras, porque ya sabéis que los cuentos populares cada uno los cuenta como le da la gana y a mí me tienen cambiando de vestuario según el narrador de turno.

¿Qué tú siempre oíste que soy un leñador? Estupendo, pues mejor para ti que no has conocido otra forma de llamarme.

Pero a lo que iba, que yo también estoy cansado de mi papel en este cuento. Porque a mí me ha tocado uno muy tonto, debo esperar y esperar hasta el final para solucionar el problema de esa niña traviesa y esa abuela tontorrona que no distingue un lobo de una nieta y ambas se dejan comer como si tal cosa.

Llega el lobo y dice ¡hala! Y las dos para adentro, cómo si no hubiera otra cosa que hacer, y se quedan tan tranquilas esperando que yo llegue y las saque sanas y salvas, pues yo me estoy cansando un poco, porque luego todo son alegrías y risas pero a mí no me dan las gracias de forma especial, se supone que lo hago porque eso es lo que debemos hacer los leñadores buenos, pero…cualquier día me porto como un leñador malo y a ver qué pasa, que ya está bien.

Esa Caperucita cada vez me mira con peor cara, yo comprendo que en el estómago del lobo no debe de estar muy cómoda, que no soporte ese baño en los jugos gástricos lobunos y que esté deseando salir y lavarse, pero de eso yo no tengo la culpa, que yo no escribí este cuento, ni me lo inventé, que yo me lo encontré tal como está.

Y esa abuela, bueno, la abuela tiene un algo especial a pesar de sus pocas luces al vivir sola y no distinguir dónde está el peligro, pero tiene algo singular, y es que me mira mucho, se fija en mi ropa, está pendiente de que me salga bien todo lo que tengo que decir y hacer, a veces, creo que hasta mueve la cabeza de arriba abajo para indicarme que lo hago bien.

Además pone esa sonrisa picarona que me desconcierta, me hace sentirme especial, sí, ya sé que no debo hacerme ilusiones, que esto es un cuento y cada uno representa el papel asignado, pero no, te digo yo, que hay algo especial en mí que le gusta y por eso me mira de esa manera y me sonríe como nadie me ha sonreído nunca.

Yo considero que es un poco mayor para esas cosas, pero me hace ilusión que alguien se fije en mí de forma cariñosa; por eso estoy deseando que acabe la historia y cada vez corro más en mi papel de abrebarriga, para tenerla enfrente y verla cómo me mira; pero a veces me sonrojo porque siento algo de vergüenza hacerme ilusiones de vivir en pareja con la abuelita del cuento.

Sí, ya sé que tiene más años que yo, pero bueno, no sería el primero ni el último en casarme con alguien a pesar de la diferencia de edad; aunque yo comprendo que hago mejor pareja con la hija, pero esa ya tiene marido y no me voy a dedicar a enviudarla, que eso sí que no está bien, además, ella no me mira como la madre, ella me mira con preocupación por si al rajar la barriga del lobo hiero a alguna de las dos, seguro que no me perdonaría que le hiciese un pequeño corte a su hija; respecto a la madre no sé qué pensará, pero soy yo el que pone todo el cuidado del mundo en que no le pase nada a la abuela.

Y así, lectura tras lectura, aguardo mi turno con la ilusión de que esta vez la abuela me va a decir algo bonito y yo no voy a poder resistirme y me lanzaré de rodillas para declararle mi amor por siempre jamás, a pesar de que desbarate el cuento y me echen de sus páginas.

Bueno, esta vez no ha sido, me ha faltado valor, así que ánimo y abrir el cuento de nuevo que me voy a preparar para declararme al final de la próxima lectura.

Si te perdiste alguna de las opiniones del resto de los personajes de Caperucita Roja, pincha sobre este enlace. La fuga de los personajes.






sábado, 19 de mayo de 2018

La fuga de los personajes VI. Lo que acaeció a la madre de Caperucita Roja cierto día que… de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes VI. 

Lo que acaeció a la madre de 

Caperucita Roja cierto día 

que… 







Texto: José R. Cortés Criado.

 Sí, yo soy la madre de la niña, sí. Y aquí me tenéis una y otra vez dándole consejitos a mi Caperucita, que si el lobo, que si los despistes, que si el camino, que si el frío, que si el calor, que si te puede pasar esto o lo otro, que si…

Y mi hija que me hace caso en todo, o eso creo yo, que a mis espaldas vaya usted a saber qué hace; aunque hay algo en lo que no me hace caso, creo que es lo más importante para esta historia, sí, ya sé que lo sabéis de memoria, pero las madres somos así de pesadas y no nos cansamos de repetir una y otra vez las cosas que creemos importantes.

Si me niña no le hubiese hecho caso al feo lobo sobre el camino más corto para llegar a casa de mi madre, ni la abuela ni la nieta habrían pasado por ese trance de ser comidas, regurgitadas y puestas en circulación como si no hubiese pasado nada.

Eso porque las buenas personas lo han querido así, que si no…mi hija habría terminado yo no sé cómo, y si es mi madre, esa vieja testaruda que se cree muy lista y la más joven de todas ya estaría más que perdida en ese bosque infernal donde le gusta estar, con lo bien que se está en el pueblo con tantas vecinas con las que poder chismorrear un ratito cada día.

Mira que es rara mi madre, y le está metiendo sus manías a mi niñita, que cualquier día me dice que se va al campo con su abuela y no vuelve más por aquí, porque ya me ha avisado, que si soy una pesada, que si sus amigas esto y lo otro, que si yo no la dejo hacer nada, que si en el pueblo se aburre, que si en la ciudad es diferente y que en el bosque se siente muy a gusto.

Ya me lo decía mi marido, que el pobre como siempre está trabajando nunca sale en el cuento, algunos pensarán que soy viuda, pero no, soy casada y bien casada con un hombretón, que es capaz de tumbar al lobo de un soplido, sí, no pongáis esa cara, que mi marido es muy grande y muy fuerte.

Y, además, muy listo, ya me avisó a mí de que ese lobo no era de fiar y de que mi madre está un poco perdida con esa manía suya de vivir sola en medio del bosque, como si no hubiese un lugar mejor en este pueblo para ella. Es que es muy rara, más todavía, ¿qué si lo sé yo?, pues claro que lo sé y muy bien.

Pero la que me preocupa es mi hija, veremos a ver cómo termina esta historia que se repite una y otra vez con final feliz para ella; espero que esto no cambie y me lleve una desagradable sorpresa el día que no salga más de la barriga de ese lobo tan persistente.

Mira que comérsela una y otra vez sabiendo que le van a rajar la barriga y se la van a llenar de piedras, ¡menudo estómago debe tener!, yo seguro que ya estaría más que muerta si me rajan una vez y más si me tengo que tragar a mi madre y a mi hija, ¡qué barbaridad!

Pero a pesar de todo ese sufrimiento y mis temores, siempre anhelo que alguien coja el libro del estante y abra sus páginas. ¡Me hace tanta ilusión ver una cara nueva frente a mí!

No sabéis la alegría que recibimos todos cuando alguien se asoma a nuestro mundo y más cuando vemos en las caras esa sensación de pánico al leer que el lobo está engañando a mi hija, y sobre todo, la angustia cuando se la come y leen que también se comió a la abuelita; a algunos pequeños se les escapa una lagrimita y hacen pucheros, a otros las lágrimas corren por sus mejillas a todo correr en una carrera sin fin.

Pues a pesar de eso, nos sigue gustando porque al final las caras recuperan su sonrisa y su alegría y todos celebran que Caperucita y su abuela están sanas y salvas y el lobo a buen recaudo.

Así que ánimo y a leer los cuentos clásicos, que así todos seremos algo más felices, los lectores y los protagonistas del cuento.

sábado, 12 de mayo de 2018

La fuga de los personajes V. Lo que acaeció al lobo de Caperucita Roja cierto día que… de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes V. 

Lo que acaeció al lobo de 

Caperucita Roja cierto día que… 



Texto: José R. Cortés Criado.


Ilustración: Gustave Doré



Vaya el papel que me han asignado a mí en este cuento. Siempre me toca hacer de malo, está visto que los lobos no podemos ser buenos, eso no es para nosotros.

Y aquí me tenéis todos los días en el bosque esperando a Caperucita, haga frío o calor; yo debo estar aquí, en este cruce, ni un poco más arriba o más abajo, no, aquí, justo aquí, vamos, que de tanto estar de plantón en este rodal ya no crece ni la hierba.

Y, venga, a esperar a Caperucita, esa niña tan contenta y feliz que viene por el bosque más fresca que una lechuga, cantando, saltando, riendo, hasta que me ve y le cambia la cara.

Al principio se asustaba, luego, cuando vio lo que pasaba una y otra vez, ya se ríe de mí, me hace cucamonas, me saca la lengua y hasta me dice ciertas cosas que mejor no repito.
Como Caperucita es más lista que el hambre, cuando la miran de frente está muy seria y algo cariacontecida, pero cuando está de espaldas al lector la cara le cambia y…menuda cara pone y lo que dice.

Pero yo espero como siempre, no quiero estropear la lectura a los que repiten o abren el libro por primera vez, y me aguanto las ganas de decirle algo un poco fuerte, pero no, yo me debo a mi público y no quiero alterar el desarrollo de la trama.

Así que cuando llega y me mira arrugando la frente y la nariz y me saca la lengua, yo le pegunto adónde va, a quién va a visitar, qué lleva en su cesto, en fin, esas cosas que todos sabéis, y ella me responde lo que ya me sé de memoria y sigue su camino por donde yo le indico.

Acto seguido me toca una carrera a contra reloj para llegar antes a casa de la abuelita, cada vez estoy más cansado y me cuesta más llegar con tiempo para comerme a la abuela y cambiarme de ropa, pero la niña no me deja un minuto de respiro, como me retrase no llego a tiempo de comérmela a ella y el día que eso ocurra…menudo jaleo se va a armar, con un lobo que se encuentra a la abuela y a la nieta merendando tan felices y contentas.

Pero esta vez también gané la pugna, que Caperucita es mucha Caperucita y disfruta un montón corriendo como una gacela para llegar antes que yo, menos mal que he encontrado otro nuevo atajo en mi camino que si no…

Y cuando ya me ve disfrazo tan ridículamente con el camisón de la abuela e incluso con su gorrito con lazitos, se ríe con descaro cuando está fuera de plano y al ser el centro de la trama comienza a preguntar como si no supiese qué pasa y quién está en la cama con esa cara tan peluda, esas orejotas y ese hocico descomunal.

Y yo le sigo la corriente hasta que me la trago de un bocado, menos mal que no crece porque si no, no sé cómo iba a llegar a mi barriga; pero a veces es traviesilla y trae en la mano alguna ramita que me araña la garganta y el esófago mientras llega al estómago.

Cuando se lo recrimino dice que no se ha dado cuenta, pero los ojillos le brillan de un modo especial, y yo como soy muy comedido, no se lo digo y hago como que me creo lo que ella dice, aunque ambos sabemos que lo ha hecho adrede.

Y así, una y otra vez lo mismo, hasta que llega el cazador y me destripa para sacar a las dos y me llena la barriga de piedras que luego me cuesta un montón echar fuera, porque ellos se creen que los lobos digerimos todo, pero no, también somos delicados y nuestros estómagos no están a prueba de bombas, no, están a prueba de cabritillos, cerditos y alguna que otra presa delicada y tierna.

Al llegar a este punto, ya solo me queda desear que los lectores hayan disfrutado de la historia y sientan deseos de repetir su lectura, porque eso nos hace felices a todos, a mí el primero, aunque protestemos de lo monótona que es nuestra vida encerrados entre dos pastas duras.

¡Ánimo y a leer que los libros encierran muchas aventuras!

Si te perdiste alguna de las entregas anteriores de La fuga de los personajes pincha sobre el nombre.

sábado, 5 de mayo de 2018

La fuga de los personajes IV. Lo que acaeció a la abuelita de Caperucita Roja cierto día que… de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes IV. 

Lo que acaeció a la abuelita 

de Caperucita Roja cierto 

día que…




Por José R. Cortés Criado.


Es que yo, la abuelita de Caperucita, ya estoy un poquito harta de ser siempre tan despistada y tan tontorrona pero no sé cómo atajar este problema, por lo que sigo haciendo lo mismo día tras día cada vez que alguien abre las páginas del cuento.

Para mí el mejor momento del relato es cuando estamos en la barriga del lobo, porque allí nadie nos ve ni lee lo que decimos y es entonces cuando hablo con mi nieta de las cosas que me interesan, pero Caperucita no se encuentra cómoda en ese estrecho espacio con los jugos gástricos del lobo y los restos de sus comidas flotando a nuestro alrededor.

Yo ya me ha acostumbrado a esa oscuridad, a ese estado pegajoso y a ese soportar que mi nieta me vuelva la cara y no quiera charlar conmigo de novios; me da igual, yo sigo con mi tema pase lo que pase.

Y es que ya está bien de ser una abuelita tontorrona que vive sola en el bosque, porque yo vivo aquí porque quiero, porque es la casa donde he pasado la mayor parte de mi vida y no me quiero ir a ningún otro sitio. No, estoy muy requetebien aquí y mi hija no termina de enterarse.

Ella cree que estoy desvalida y perdida en la nada, pero ella no sabe que tengo mi vida al margen del cuento, que yo solo estoy en ese estado de medio alelada y muy cegarata cuando la gente lee el cuento, luego me pongo mis buenas gafas y veo todo lo que quiero ver.

¡Ay! ¡Qué desesperación llegar a vieja y que todo el mundo te considere inútil!

Si con mi nieta no hablo nada, ya que cuando llega a casa yo ya estoy en la barriga del lobo, ¿cómo voy a enterarme de lo que piensa, de lo que quiere y de cómo le va su vida? Por eso, cuando estamos a solas, aunque estemos deseando salir de aquel lugar apestoso y estrecho yo tengo que aprovechar esos minutos para conocer a mi nieta.

Es una pena que no sepa nada de ella, solo que es una niña muy buena pero que un día desobedeció a su madre y fue engañada por el malvadísimo lobo en medio del bosque; pues no, no me conformo con eso, yo quiero ejercer de abuela, enterarme de sus cosas y darle alguna que otra propina.

Que ni eso me dejan, como entro en la barriga del lobo desnuda no puedo llevar conmigo ninguna moneda para darle algo de dinero y así pueda comprarse algo que le guste, porque lo que hay aquí es un poco de tierra, muchas plantas y algún que otro animal, y eso, segurísimo que no le gusta, ya lo tiene muy visto.

Y si no mi hija, que no se entera de lo que quiere su niña, a esa edad todavía la quiere jugando con las muñequitas de tela y encerrada todo el día en la cabaña. ¡Cuándo se enterará que la vida no está en esas cuatro paredes y que aunque fuera esté el peligro hay que enfrentarse a él con uñas y dientes!

Y ese lobo, que siempre dice lo mismo, no cambia ni una palabra su discurso, y como cada día está más entusiasmado todo lo dice con un ímpetu que hasta asusta a todos, menos a mí, que ya me sé cuál es mi destino.

Otro muy lumbreras es el cazador, aunque a veces viene vestido de leñador; este por lo menos cambia algo, aunque solo sea su atuendo y hace que me fije más en él. Él cree que lo miro con algún interés y, a veces, se sonroja un poco, pero yo lo miro para matar el aburrimiento; así compruebo si lleva todos los botones de la camisa abrochados, si ha traído la escopeta o la sierra, si bien una vez acudió con ambas herramientas. Luego dijo que estuvo algo distraído y que con las prisas pasan esas cosas.

Bueno, pues a pesar de mi hija, mi nieta, el lobo y el leñador/cazador sigo disfrutando cada vez que unos ojos nuevos recorren las letras y los dibujos de este cuento, que es tan mío como de los lectores.

¡Ánimo, a leer y a disfrutar de la vida!



sábado, 28 de abril de 2018

La fuga de los personajes III. Lo que acaeció a una Caperucita Roja algo cansada de su eterno papel de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes III. Lo 

que acaeció a una Caperucita Roja 

algo cansada de su eterno papel.


Texto: José R. Cortés Criado.


Ilustración: Emilio Urberuaga

2018.






Estoy cansada de todos los días lo mismo y los mismos comentarios de los lectores y mis compañeros de reparto.

Me gustaría que este cuento mío se destruyese cada vez que fuese leído por alguien, porque no sabéis lo cansado que es hacer siempre lo mismo, una y otra vez. Hay temporadas muy tranquilas pero otras…

Mi madre que si esto, que si lo otro, que la abuelita por aquí, que la abuelita por allá, que cuidado con la cesta, que no se rompa el tarro de miel, que no te entretengas, que no hables con el lobo que es muy malo, que vengas pronto, que el bosque es muy peligroso, que la abuelita es muy buena, que…

Así que ya estoy un poquito harta de más, porque si esto era poco ahí estaba el lobo, más bobo cada día, que si a dónde vas, qué quién vive allí, que si este camino es más corto, que si… hasta que llega aquello de que tengo los ojos grandes para verte mejor, tengo las orejas grandes para oírte mejor, tengo la nariz grande para olerte mejor y tengo la boca tan grande para comerte mejor.

Y hala, para dentro, por esa boca tan sucia y apestosa, que ya podían darle al lobo un cepillo de dientes y un poco de pasta en condiciones, y llegar al estómago donde me espera la abuela, ¡menudo estómago tiene ya el lobo de tanto entrar y salir! y la de costurones de coserle y recoserle la barriga.

En fin, que allí me veo con la abuelita, toda desnuda porque el lobo le quitó su ropa para engañarme y no quiero mirarla, me da un poco de vergüenza, pero ella me abraza, me achucha y siempre tiene algo que contarme y muchas preguntas que hacerme.

Que si he sentido algo al ser tragada, que si me duele la cabeza, el pie, la mano, el brazo, la oreja, vamos, que no para hasta que repasa todas las partes de mi cuerpo; luego empieza la ronda familiar, que cómo está tu madre, tu padre y hasta me pregunta por la vecina de al lado y luego me pregunta por mis amigos, y siempre, siempre, siempre me pregunta por mi novio.

Todavía no se dado cuenta de que no quiero hablar de eso, que me da vergüenza, que no tengo novio ni quiero tenerlo, y ella erre que erre, que si este niño es muy bueno, que si aquella familia es estupenda, que si por ella fuese, que…

Menos mal que paso poco rato allí encerrada, porque entre otras cosas a la abuela se le escapa algún que otro peito y oler no huele muy bien que digamos. Por eso espero que el leñador llegue pronto antes de alguna catástrofe pestilente.

Y luego llegan los leñadores, a veces uno, a veces varios, dependen de lo atento que estén, pero siempre hacen lo mismo, ni siquiera cambian algo, así que ale, a por el lobo, a rajarle barriga, a sacarnos a mi abuela y a mí y a celebrar que hemos vencido a la fiera.

Un día me voy a quedar dentro un rato más a ver si así cambiamos algo y no nos aburrimos tanto.

Cuando estamos fuera de la tripa lobezna, muchos lectores se alegran al saber que estamos vivas, aunque algunos sienten que se haya acabado el cuento pues le gustaría que su lectura se alargarse un poco más.

Y yo doy un gran suspiro, porque otra vez más hemos superado la prueba de la lectura y hemos hecho feliz a alguien, que se atrevió a abrir las páginas de nuestro libro, a pesar de que esté cansada de llevar toda mi vida haciendo lo mismo y sin crecer un centímetro siquiera.

Feliz lectura y a disfrutar de la vida.


domingo, 22 de abril de 2018

La fuga de los personajes II. De lo que sucedió aquel 23 de abril por José R. Cortés Criado.


Por José R. Cortés Criado.

Aquella mañana cuando la maestra bibliotecaria llegó a la biblioteca sintió algo extraño, no supo qué podía ser pero algo le decía que aquello no estaba como debiera, así que fue a abrir las ventanas para que el sol de primavera inundase la sala antes de que los alumnos viniesen durante el recreo.

Soltó un ¡¡¡¡OOOOHHHH!!!! que se oyó hasta en el último piso de colegio y salió corriendo en busca del maestro bibliotecario.

-Manolo, Manolo, ven que esto no es posible.

Manolo llegó antes de lo previsto porque aquel grito no era para menos.

-¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?- dijo con cara de espanto.

- A mí nada, pero pasa dentro que lo verás con tus ojos.

- Menos mal que lo veré con mis ojos, porque con mis orejas no lo vería.
- ¡Déjate de chistecitos! Pasa y mira. Haz el favor.

Manolo se sopló el flequillo para poder ver bien y comenzó a subirse las gafas que se les resbalaban hasta la punta de la nariz por el sudor.

Lo que allí se veía era algo nunca visto, suspiraron los dos, se miraron y miraron al frente y volvieron a suspirar, no se atrevían a hablar o quizás no podían por lo mucho que abrían sus bocas y sus ojos.

Cuando pudieron reaccionar volvieron a mirarse, cerraron un poco esos ojos espantados y comenzaron a hablar.

-¿Quién ha movido los libros? ¿Por qué están abiertos? ¿Quiénes los pusieron en las mesas o en el suelo?

Siguieron haciéndose estas y otras preguntas similares sin esperar respuesta alguna, porque lo que hacían era narrar lo que veían con preguntas retóricas.

No podían creer que los libros se hubiesen movido de sitio, que todo estuviese revuelto y los libros descolocados, lejos de su espacio correspondiente, pero no podían sospechar lo que estaba por conocerse…, en aquellos libros no había personajes, todos se habían fugado.

Los dos bibliotecarios estaban desolados, sin personajes no había historias, aquellos cuentos dejaban de existir y la biblioteca se vería abocada al cierre.

En esas andaban los dos maestros cuando escucharon el sonido de unas esquilas en el pasillo.

Salieron corriendo y les pareció ver la cola de un cabritillo entrar en la clase de enfrente. Como no podían creerlo, se acercaron a la puerta y pegaron sus orejas a la puerta.

-Si, nos hemos fugado. Hemos decidido abandonar el libro donde estábamos porque nadie viene a vernos. Estamos cansados de estar allí apretujados los siete en la misma página y que ningún niño ni ninguna niña se digne a visitarnos.

Ni la maestra ni los niños salían de su asombro, allí tenían delante de sus ojos a los siete cabritillos que acababan de dejar su libro vacío en la biblioteca.

Manolo y Marta tampoco podían creer lo que escuchaban, pensaron que era cosa de sus nervios, pero cuando despegaron sus orejas de la puerta vieron a una niña con una caperuza roja salir de otra clase y la siguieron. Esta Caperucita entró en la clase de los niños de párvulos y comenzó a decir:

-¡Hola, niños y niñas de esta clase! ¿Sabéis quién soy?

El maestro no supo qué responder porque no tenía información de que había alguna actividad nueva, pero los alumnos si gritaron todo lo que pudieron una y otra vez.

-¡¡¡¡TÚ ERES CAPERUCITA ROJA!!!!

-Bueno, menos mal que me reconocéis, pero no sé cómo es posible porque no os veo por la biblioteca y estoy desesperada de no ver ninguna cara mirándome en mi libro.

Marta y Manolo se asombraban más y más y se sentían culpables de lo que pasaba. No sabían qué hacer pero comenzaron a andar por los pasillos y vieron a través de una ventana que Blancanieves entraba en otra clase y escucharon pegando otra vez sus orejas a la puerta.

-Como seguramente no me conocéis me he vestido de blanco y traigo un poquito de nieve en la mano, aunque la voy a tirar porque me quema la piel.

-¡Tú eres Blancanieves! – gritaron más de uno.

La maestra los mandó callar y  se dirigió a la visitante:

-¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces en nuestra clase?

- Soy Blancanieves, seguro que usted no me conoce porque no visita la biblioteca y a lo mejor ni sus padres le contaron mi cuento.

- ¡Eso no te lo consiento! – dijo muy alto y con mucho enfado.- Sí que he leído ese cuento, aunque voy poco a la biblioteca, eso sí es verdad, pero no leo tu cuento porque ya me lo sé memoria.

- Pues mejor así, pero ahora me dirijo a los alumnos, ¿por qué no venís a visitarme a la biblioteca?

Todos hablaban al mismo tiempo, unos decían que no les gustaba ir durante el recreo, otros que tenían el libro en casa y que…

Manolo y Marta empezaron a entender lo que pasaba cuando vieron a un gato cruzar el patio con unas enormes botas de color verde, seguido de una sirenita que además de caminar sobre sus dos piernas llevaba una linda cola llena de brillantes escamas.

Estaba claro que había que hacer algo pero estaban paralizados por lo que veían ante sus narices y por lo que escuchaban tras las puertas.

Fueron rápidamente a la clase de primero porque había cierto alboroto y escucharon.

-Soy el lobo, sí, pero no he venido aquí a comeros, no tengo hambre, hasta el apetito se me ha quitado desde que nadie viene a verme a mi libro.

-¡Es que nos das miedo, señor lobo!- gritó una vocecita infantil.

-Eso solo pasa en los libros, aunque algunos parientes míos son más fieros que yo y no sé de qué serían capaces, pero me gusta tanto veros leer el libro y esa cara de miedo que ponéis cuando voy a comerme a los tres cerditos…

Unos sonidos muy extraños llamaron la atención de los maestros bibliotecarios, no sabían exactamente de qué se trataba, si era un grupo musical muy malo, unos niños ensayando para el festival de fin de curso o una mala pasada que le jugaban sus oídos, así que se asomaron por la ventana de la clase de tercero.

Allí estaban los causantes de ese griterío con apariencia de concierto, eran los músicos de Bremen. Frente a los alumnos, junto a la maestra, un burro, un perro, un gato y un gallo intentaban convencer a los pequeños de que fuesen a visitarlos a la biblioteca alguna vez, porque estaba cansados de no cantar porque nadie abría su libro.

Cuando pasaron cerca del despacho de la directora, la vieron con la cara descompuesta, agitando su mano delante de su nariz y pidiendo una pastilla para el dolor de cabeza.

-¡Por favor, ya está bien!- dijo con cara apenada.- Ya sé que debemos visitar más la biblioteca con los alumnos, que estáis aburridos de estar solos, que eso es muy triste para vosotros, pero yo ya lo he oído del hada madrina, de la madrastra de Blancanieves, de la abuela de Caperucita, del cazador, de un flautista que me ha hecho bailar durante un buen rato, así tengo los pies, ¡me duelen una barbaridad!

Los tres cerditos querían hablar a la vez, pero ella no los dejó.

-Os lo ruego, dejadme descansar un poco y tomo medidas para cambiar las cosas y decidle al patito feo que no es tan feo y que no venga otra vez a contarme lo mismo, a Pinocho que deje de repetir lo solo que está, a Juan sin miedo que no me asuste, a la bella durmiente que siga durmiendo a..., y sobre todo marchaos a vuestro libro porque no aguanto el olor que desprendéis.

Cuando Marta y Manolo pasaron cerca de la clase de la Jefa de Estudios, está salió regañando a todos porque no se podía estar en paz en el colegio con tanto personaje corriendo por los pasillos e interrumpiendo las clases. Así que ella quería que todo estuviese en silencio ya.

Ese silencio ya lo dijo a todo volumen y muchos niños se taparon los oídos pero no por ello dejaron de hablar y jugar con los personajes que pasaban por sus clases.

Los bibliotecarios decidieron que había que restablecer el orden en los libros y devolver a cada personaje a su cuento, para ello llamaron a los “cazapersonajes”, que enseguida acudieron a pesar de que tenían mucho trabajo estos días con la celebración del día internacional del libro y en muchas bibliotecas estaba ocurriendo lo mismo.

Al llegar al colegio fueron informados de inmediato y se colgaron a sus espaldas unas enormes mochilas con un tubo flexible que acababa en una boca muy ancha por la que absorbían los personajes.

Se pusieron manos a la obra y comenzaron la cacería por la primera clase que encontraron, pero no les fue tan bien como ellos esperaban.

Al entrar en un aula los personajes pidieron ayuda a los niños, estos se interpusieron entre el tubo y el personaje para evitar que se los llevasen a su libro.

Algunos niños salieron en defensa de los que ya consideraban sus amigos, otros agredieron a los cazapersonajes, otros chillaron con todas sus fuerzas, también abrían las puertas para facilitarles la huida.

Cada vez el alboroto era mayor, ahora los pasillos estaban llenos de personajes y niños que gritaban y corrían en todas direcciones, la jefa de estudios intentaba gritar más que ellos para imponer silencio, la directora se dejó caer en el sillón de su despacho con la cabeza echada hacia atrás sin ánimos para ver lo que sucedía fuera.

Fue una batalla larga, ruidosa y muy divertida, pero al final se impusieron los mayores y los personajes fueron volviendo a sus libros. Por fin los bibliotecarios estaban algo tranquilos, habían conseguido salvar la biblioteca.

Y además, habían conseguido que durante el recreo la biblioteca se llenase de niños pidiendo libros de cuentos clásicos para leerlos en compañía y sentirse parte de ellos, porque estos niños habían tenido la suerte de conocer en vivo a los personajes que pueblan su mundo infantil gracias a esos valientes personajes que decidieron sublevarse ante la pasividad lectora de muchos.


sábado, 21 de abril de 2018

La fuga de los personajes II. De lo que sucedió aquel 23 de abril porJosé R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes II.

De lo que sucedió aquel 23 

de abril




Por José R. Cortés Criado.

Aquella mañana cuando la maestra bibliotecaria llegó a la biblioteca sintió algo extraño, no supo qué podía ser pero algo le decía que aquello no estaba como debiera, así que fue a abrir las ventanas para que el sol de primavera inundase la sala antes de que los alumnos viniesen durante el recreo.

Soltó un ¡¡¡¡OOOOHHHH!!!! que se oyó hasta en el último piso de colegio y salió corriendo en busca del maestro bibliotecario.

-Manolo, Manolo, ven que esto no es posible.

Manolo llegó antes de lo previsto porque aquel grito no era para menos.

-¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?- dijo con cara de espanto.

- A mí nada, pero pasa dentro que lo verás con tus ojos.

- Menos mal que lo veré con mis ojos, porque con mis orejas no lo vería.
- ¡Déjate de chistecitos! Pasa y mira. Haz el favor.

Manolo se sopló el flequillo para poder ver bien y comenzó a subirse las gafas que se les resbalaban hasta la punta de la nariz por el sudor.

Lo que allí se veía era algo nunca visto, suspiraron los dos, se miraron y miraron al frente y volvieron a suspirar, no se atrevían a hablar o quizás no podían por lo mucho que abrían sus bocas y sus ojos.

Cuando pudieron reaccionar volvieron a mirarse, cerraron un poco esos ojos espantados y comenzaron a hablar.

-¿Quién ha movido los libros? ¿Por qué están abiertos? ¿Quiénes los pusieron en las mesas o en el suelo?

Siguieron haciéndose estas y otras preguntas similares sin esperar respuesta alguna, porque lo que hacían era narrar lo que veían con preguntas retóricas.

No podían creer que los libros se hubiesen movido de sitio, que todo estuviese revuelto y los libros descolocados, lejos de su espacio correspondiente, pero no podían sospechar lo que estaba por conocerse…, en aquellos libros no había personajes, todos se habían fugado.

Los dos bibliotecarios estaban desolados, sin personajes no había historias, aquellos cuentos dejaban de existir y la biblioteca se vería abocada al cierre.

En esas andaban los dos maestros cuando escucharon el sonido de unas esquilas en el pasillo.

Salieron corriendo y les pareció ver la cola de un cabritillo entrar en la clase de enfrente. Como no podían creerlo, se acercaron a la puerta y pegaron sus orejas a la puerta.

-Si, nos hemos fugado. Hemos decidido abandonar el libro donde estábamos porque nadie viene a vernos. Estamos cansados de estar allí apretujados los siete en la misma página y que ningún niño ni ninguna niña se digne a visitarnos.

Ni la maestra ni los niños salían de su asombro, allí tenían delante de sus ojos a los siete cabritillos que acababan de dejar su libro vacío en la biblioteca.

Manolo y Marta tampoco podían creer lo que escuchaban, pensaron que era cosa de sus nervios, pero cuando despegaron sus orejas de la puerta vieron a una niña con una caperuza roja salir de otra clase y la siguieron. Esta Caperucita entró en la clase de los niños de párvulos y comenzó a decir:

-¡Hola, niños y niñas de esta clase! ¿Sabéis quién soy?

El maestro no supo qué responder porque no tenía información de que había alguna actividad nueva, pero los alumnos si gritaron todo lo que pudieron una y otra vez.

-¡¡¡¡TÚ ERES CAPERUCITA ROJA!!!!

-Bueno, menos mal que me reconocéis, pero no sé cómo es posible porque no os veo por la biblioteca y estoy desesperada de no ver ninguna cara mirándome en mi libro.

Marta y Manolo se asombraban más y más y se sentían culpables de lo que pasaba. No sabían qué hacer pero comenzaron a andar por los pasillos y vieron a través de una ventana que Blancanieves entraba en otra clase y escucharon pegando otra vez sus orejas a la puerta.

-Como seguramente no me conocéis me he vestido de blanco y traigo un poquito de nieve en la mano, aunque la voy a tirar porque me quema la piel.

-¡Tú eres Blancanieves! – gritaron más de uno.

La maestra los mandó callar y  se dirigió a la visitante:

-¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces en nuestra clase?

- Soy Blancanieves, seguro que usted no me conoce porque no visita la biblioteca y a lo mejor ni sus padres le contaron mi cuento.

- ¡Eso no te lo consiento! – dijo muy alto y con mucho enfado.- Sí que he leído ese cuento, aunque voy poco a la biblioteca, eso sí es verdad, pero no leo tu cuento porque ya me lo sé memoria.

- Pues mejor así, pero ahora me dirijo a los alumnos, ¿por qué no venís a visitarme a la biblioteca?

Todos hablaban al mismo tiempo, unos decían que no les gustaba ir durante el recreo, otros que tenían el libro en casa y que…

Manolo y Marta empezaron a entender lo que pasaba cuando vieron a un gato cruzar el patio con unas enormes botas de color verde, seguido de una sirenita que además de caminar sobre sus dos piernas llevaba una linda cola llena de brillantes escamas.

Estaba claro que había que hacer algo pero estaban paralizados por lo que veían ante sus narices y por lo que escuchaban tras las puertas.

Fueron rápidamente a la clase de primero porque había cierto alboroto y escucharon.

-Soy el lobo, sí, pero no he venido aquí a comeros, no tengo hambre, hasta el apetito se me ha quitado desde que nadie viene a verme a mi libro.

-¡Es que nos das miedo, señor lobo!- gritó una vocecita infantil.

-Eso solo pasa en los libros, aunque algunos parientes míos son más fieros que yo y no sé de qué serían capaces, pero me gusta tanto veros leer el libro y esa cara de miedo que ponéis cuando voy a comerme a los tres cerditos…

Unos sonidos muy extraños llamaron la atención de los maestros bibliotecarios, no sabían exactamente de qué se trataba, si era un grupo musical muy malo, unos niños ensayando para el festival de fin de curso o una mala pasada que le jugaban sus oídos, así que se asomaron por la ventana de la clase de tercero.

Allí estaban los causantes de ese griterío con apariencia de concierto, eran los músicos de Bremen. Frente a los alumnos, junto a la maestra, un burro, un perro, un gato y un gallo intentaban convencer a los pequeños de que fuesen a visitarlos a la biblioteca alguna vez, porque estaba cansados de no cantar porque nadie abría su libro.
 
Cuando pasaron cerca del despacho de la directora, la vieron con la cara descompuesta, agitando su mano delante de su nariz y pidiendo una pastilla para el dolor de cabeza.

-¡Por favor, ya está bien!- dijo con cara apenada.- Ya sé que debemos visitar más la biblioteca con los alumnos, que estáis aburridos de estar solos, que eso es muy triste para vosotros, pero yo ya lo he oído del hada madrina, de la madrastra de Blancanieves, de la abuela de Caperucita, del cazador, de un flautista que me ha hecho bailar durante un buen rato, así tengo los pies, me duelen una barbaridad.

Los tres cerditos querían hablar  a la vez, pero ella no los dejó.

-Os lo ruego, dejadme descansar un poco y tomo medidas para cambiar las cosas y decidle al patito feo que no es tan feo y que no venga otra vez a contarme lo mismo, a Pinocho que deje de repetir lo solo que está, a Juan sin miedo que no me asuste, a la bella durmiente que siga durmiendo a..., y sobre todo marchaos a vuestro libro porque no aguanto el olor que desprendéis.

Cuando Marta y Manolo pasaron cerca de la clase de la Jefa de Estudios, está salió regañando a todos porque no se podía estar en paz en el colegio con tanto personaje corriendo por los pasillos e interrumpiendo las clases. Así que ella quería que todo estuviese en silencio ya.

Ese silencio ya lo dijo a todo volumen y muchos niños se taparon los oídos pero no por ello dejaron de hablar y jugar con los personajes que pasaban por sus clases.

Los bibliotecarios decidieron que había que restablecer el orden en los libros y devolver a cada personaje a su cuento, para ello llamaron a los “cazapersonajes”, que enseguida acudieron a pesar de que tenían mucho trabajo estos días con la celebración del día internacional del libro y en muchas bibliotecas estaba ocurriendo lo mismo.

Al llegar al colegio fueron informados de inmediato y se colgaron a sus espaldas unas enormes mochilas con un tubo flexible que acababa en una boca muy ancha por la que absorbían los personajes.

Se pusieron manos a la obra y comenzaron la cacería por la primera clase que encontraron, pero no les fue tan bien como ellos esperaban.

Al entrar en un aula los personajes pidieron ayuda a los niños, estos se interpusieron entre el tubo y el personaje para evitar que se los llevasen a su libro.

Algunos niños salieron en defensa de los que ya consideraban sus amigos, otros agredieron a los cazapersonajes, otros chillaron con todas sus fuerzas, también abrían las puertas para facilitarles la huida.

Cada vez el alboroto era mayor, ahora los pasillos estaban llenos de personajes y niños que gritaban y corrían en todas direcciones, la jefa de estudios intentaba gritar más que ellos para imponer silencio, la directora se dejó caer en el sillón de su despacho con la cabeza echada hacia atrás sin ánimos para ver lo que sucedía fuera.

Fue una batalla larga, ruidosa y muy divertida, pero al final se impusieron los mayores y los personajes fueron volviendo a sus libros. Por fin los bibliotecarios estaban algo tranquilos, habían conseguido salvar la biblioteca.

Y además, habían conseguido que durante el recreo la biblioteca se llenase de niños pidiendo libros de cuentos clásicos para leerlos en compañía y sentirse parte de ellos, porque estos niños habían tenido la suerte de conocer en vivo a los personajes que pueblan su mundo infantil gracias a esos valientes personajes que decidieron sublevarse ante la pasividad lectora de muchos.

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