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domingo, 22 de abril de 2018

La fuga de los personajes II. De lo que sucedió aquel 23 de abril por José R. Cortés Criado.


Por José R. Cortés Criado.

Aquella mañana cuando la maestra bibliotecaria llegó a la biblioteca sintió algo extraño, no supo qué podía ser pero algo le decía que aquello no estaba como debiera, así que fue a abrir las ventanas para que el sol de primavera inundase la sala antes de que los alumnos viniesen durante el recreo.

Soltó un ¡¡¡¡OOOOHHHH!!!! que se oyó hasta en el último piso de colegio y salió corriendo en busca del maestro bibliotecario.

-Manolo, Manolo, ven que esto no es posible.

Manolo llegó antes de lo previsto porque aquel grito no era para menos.

-¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?- dijo con cara de espanto.

- A mí nada, pero pasa dentro que lo verás con tus ojos.

- Menos mal que lo veré con mis ojos, porque con mis orejas no lo vería.
- ¡Déjate de chistecitos! Pasa y mira. Haz el favor.

Manolo se sopló el flequillo para poder ver bien y comenzó a subirse las gafas que se les resbalaban hasta la punta de la nariz por el sudor.

Lo que allí se veía era algo nunca visto, suspiraron los dos, se miraron y miraron al frente y volvieron a suspirar, no se atrevían a hablar o quizás no podían por lo mucho que abrían sus bocas y sus ojos.

Cuando pudieron reaccionar volvieron a mirarse, cerraron un poco esos ojos espantados y comenzaron a hablar.

-¿Quién ha movido los libros? ¿Por qué están abiertos? ¿Quiénes los pusieron en las mesas o en el suelo?

Siguieron haciéndose estas y otras preguntas similares sin esperar respuesta alguna, porque lo que hacían era narrar lo que veían con preguntas retóricas.

No podían creer que los libros se hubiesen movido de sitio, que todo estuviese revuelto y los libros descolocados, lejos de su espacio correspondiente, pero no podían sospechar lo que estaba por conocerse…, en aquellos libros no había personajes, todos se habían fugado.

Los dos bibliotecarios estaban desolados, sin personajes no había historias, aquellos cuentos dejaban de existir y la biblioteca se vería abocada al cierre.

En esas andaban los dos maestros cuando escucharon el sonido de unas esquilas en el pasillo.

Salieron corriendo y les pareció ver la cola de un cabritillo entrar en la clase de enfrente. Como no podían creerlo, se acercaron a la puerta y pegaron sus orejas a la puerta.

-Si, nos hemos fugado. Hemos decidido abandonar el libro donde estábamos porque nadie viene a vernos. Estamos cansados de estar allí apretujados los siete en la misma página y que ningún niño ni ninguna niña se digne a visitarnos.

Ni la maestra ni los niños salían de su asombro, allí tenían delante de sus ojos a los siete cabritillos que acababan de dejar su libro vacío en la biblioteca.

Manolo y Marta tampoco podían creer lo que escuchaban, pensaron que era cosa de sus nervios, pero cuando despegaron sus orejas de la puerta vieron a una niña con una caperuza roja salir de otra clase y la siguieron. Esta Caperucita entró en la clase de los niños de párvulos y comenzó a decir:

-¡Hola, niños y niñas de esta clase! ¿Sabéis quién soy?

El maestro no supo qué responder porque no tenía información de que había alguna actividad nueva, pero los alumnos si gritaron todo lo que pudieron una y otra vez.

-¡¡¡¡TÚ ERES CAPERUCITA ROJA!!!!

-Bueno, menos mal que me reconocéis, pero no sé cómo es posible porque no os veo por la biblioteca y estoy desesperada de no ver ninguna cara mirándome en mi libro.

Marta y Manolo se asombraban más y más y se sentían culpables de lo que pasaba. No sabían qué hacer pero comenzaron a andar por los pasillos y vieron a través de una ventana que Blancanieves entraba en otra clase y escucharon pegando otra vez sus orejas a la puerta.

-Como seguramente no me conocéis me he vestido de blanco y traigo un poquito de nieve en la mano, aunque la voy a tirar porque me quema la piel.

-¡Tú eres Blancanieves! – gritaron más de uno.

La maestra los mandó callar y  se dirigió a la visitante:

-¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces en nuestra clase?

- Soy Blancanieves, seguro que usted no me conoce porque no visita la biblioteca y a lo mejor ni sus padres le contaron mi cuento.

- ¡Eso no te lo consiento! – dijo muy alto y con mucho enfado.- Sí que he leído ese cuento, aunque voy poco a la biblioteca, eso sí es verdad, pero no leo tu cuento porque ya me lo sé memoria.

- Pues mejor así, pero ahora me dirijo a los alumnos, ¿por qué no venís a visitarme a la biblioteca?

Todos hablaban al mismo tiempo, unos decían que no les gustaba ir durante el recreo, otros que tenían el libro en casa y que…

Manolo y Marta empezaron a entender lo que pasaba cuando vieron a un gato cruzar el patio con unas enormes botas de color verde, seguido de una sirenita que además de caminar sobre sus dos piernas llevaba una linda cola llena de brillantes escamas.

Estaba claro que había que hacer algo pero estaban paralizados por lo que veían ante sus narices y por lo que escuchaban tras las puertas.

Fueron rápidamente a la clase de primero porque había cierto alboroto y escucharon.

-Soy el lobo, sí, pero no he venido aquí a comeros, no tengo hambre, hasta el apetito se me ha quitado desde que nadie viene a verme a mi libro.

-¡Es que nos das miedo, señor lobo!- gritó una vocecita infantil.

-Eso solo pasa en los libros, aunque algunos parientes míos son más fieros que yo y no sé de qué serían capaces, pero me gusta tanto veros leer el libro y esa cara de miedo que ponéis cuando voy a comerme a los tres cerditos…

Unos sonidos muy extraños llamaron la atención de los maestros bibliotecarios, no sabían exactamente de qué se trataba, si era un grupo musical muy malo, unos niños ensayando para el festival de fin de curso o una mala pasada que le jugaban sus oídos, así que se asomaron por la ventana de la clase de tercero.

Allí estaban los causantes de ese griterío con apariencia de concierto, eran los músicos de Bremen. Frente a los alumnos, junto a la maestra, un burro, un perro, un gato y un gallo intentaban convencer a los pequeños de que fuesen a visitarlos a la biblioteca alguna vez, porque estaba cansados de no cantar porque nadie abría su libro.

Cuando pasaron cerca del despacho de la directora, la vieron con la cara descompuesta, agitando su mano delante de su nariz y pidiendo una pastilla para el dolor de cabeza.

-¡Por favor, ya está bien!- dijo con cara apenada.- Ya sé que debemos visitar más la biblioteca con los alumnos, que estáis aburridos de estar solos, que eso es muy triste para vosotros, pero yo ya lo he oído del hada madrina, de la madrastra de Blancanieves, de la abuela de Caperucita, del cazador, de un flautista que me ha hecho bailar durante un buen rato, así tengo los pies, ¡me duelen una barbaridad!

Los tres cerditos querían hablar a la vez, pero ella no los dejó.

-Os lo ruego, dejadme descansar un poco y tomo medidas para cambiar las cosas y decidle al patito feo que no es tan feo y que no venga otra vez a contarme lo mismo, a Pinocho que deje de repetir lo solo que está, a Juan sin miedo que no me asuste, a la bella durmiente que siga durmiendo a..., y sobre todo marchaos a vuestro libro porque no aguanto el olor que desprendéis.

Cuando Marta y Manolo pasaron cerca de la clase de la Jefa de Estudios, está salió regañando a todos porque no se podía estar en paz en el colegio con tanto personaje corriendo por los pasillos e interrumpiendo las clases. Así que ella quería que todo estuviese en silencio ya.

Ese silencio ya lo dijo a todo volumen y muchos niños se taparon los oídos pero no por ello dejaron de hablar y jugar con los personajes que pasaban por sus clases.

Los bibliotecarios decidieron que había que restablecer el orden en los libros y devolver a cada personaje a su cuento, para ello llamaron a los “cazapersonajes”, que enseguida acudieron a pesar de que tenían mucho trabajo estos días con la celebración del día internacional del libro y en muchas bibliotecas estaba ocurriendo lo mismo.

Al llegar al colegio fueron informados de inmediato y se colgaron a sus espaldas unas enormes mochilas con un tubo flexible que acababa en una boca muy ancha por la que absorbían los personajes.

Se pusieron manos a la obra y comenzaron la cacería por la primera clase que encontraron, pero no les fue tan bien como ellos esperaban.

Al entrar en un aula los personajes pidieron ayuda a los niños, estos se interpusieron entre el tubo y el personaje para evitar que se los llevasen a su libro.

Algunos niños salieron en defensa de los que ya consideraban sus amigos, otros agredieron a los cazapersonajes, otros chillaron con todas sus fuerzas, también abrían las puertas para facilitarles la huida.

Cada vez el alboroto era mayor, ahora los pasillos estaban llenos de personajes y niños que gritaban y corrían en todas direcciones, la jefa de estudios intentaba gritar más que ellos para imponer silencio, la directora se dejó caer en el sillón de su despacho con la cabeza echada hacia atrás sin ánimos para ver lo que sucedía fuera.

Fue una batalla larga, ruidosa y muy divertida, pero al final se impusieron los mayores y los personajes fueron volviendo a sus libros. Por fin los bibliotecarios estaban algo tranquilos, habían conseguido salvar la biblioteca.

Y además, habían conseguido que durante el recreo la biblioteca se llenase de niños pidiendo libros de cuentos clásicos para leerlos en compañía y sentirse parte de ellos, porque estos niños habían tenido la suerte de conocer en vivo a los personajes que pueblan su mundo infantil gracias a esos valientes personajes que decidieron sublevarse ante la pasividad lectora de muchos.


sábado, 21 de abril de 2018

La fuga de los personajes II. De lo que sucedió aquel 23 de abril porJosé R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes II.

De lo que sucedió aquel 23 

de abril




Por José R. Cortés Criado.

Aquella mañana cuando la maestra bibliotecaria llegó a la biblioteca sintió algo extraño, no supo qué podía ser pero algo le decía que aquello no estaba como debiera, así que fue a abrir las ventanas para que el sol de primavera inundase la sala antes de que los alumnos viniesen durante el recreo.

Soltó un ¡¡¡¡OOOOHHHH!!!! que se oyó hasta en el último piso de colegio y salió corriendo en busca del maestro bibliotecario.

-Manolo, Manolo, ven que esto no es posible.

Manolo llegó antes de lo previsto porque aquel grito no era para menos.

-¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?- dijo con cara de espanto.

- A mí nada, pero pasa dentro que lo verás con tus ojos.

- Menos mal que lo veré con mis ojos, porque con mis orejas no lo vería.
- ¡Déjate de chistecitos! Pasa y mira. Haz el favor.

Manolo se sopló el flequillo para poder ver bien y comenzó a subirse las gafas que se les resbalaban hasta la punta de la nariz por el sudor.

Lo que allí se veía era algo nunca visto, suspiraron los dos, se miraron y miraron al frente y volvieron a suspirar, no se atrevían a hablar o quizás no podían por lo mucho que abrían sus bocas y sus ojos.

Cuando pudieron reaccionar volvieron a mirarse, cerraron un poco esos ojos espantados y comenzaron a hablar.

-¿Quién ha movido los libros? ¿Por qué están abiertos? ¿Quiénes los pusieron en las mesas o en el suelo?

Siguieron haciéndose estas y otras preguntas similares sin esperar respuesta alguna, porque lo que hacían era narrar lo que veían con preguntas retóricas.

No podían creer que los libros se hubiesen movido de sitio, que todo estuviese revuelto y los libros descolocados, lejos de su espacio correspondiente, pero no podían sospechar lo que estaba por conocerse…, en aquellos libros no había personajes, todos se habían fugado.

Los dos bibliotecarios estaban desolados, sin personajes no había historias, aquellos cuentos dejaban de existir y la biblioteca se vería abocada al cierre.

En esas andaban los dos maestros cuando escucharon el sonido de unas esquilas en el pasillo.

Salieron corriendo y les pareció ver la cola de un cabritillo entrar en la clase de enfrente. Como no podían creerlo, se acercaron a la puerta y pegaron sus orejas a la puerta.

-Si, nos hemos fugado. Hemos decidido abandonar el libro donde estábamos porque nadie viene a vernos. Estamos cansados de estar allí apretujados los siete en la misma página y que ningún niño ni ninguna niña se digne a visitarnos.

Ni la maestra ni los niños salían de su asombro, allí tenían delante de sus ojos a los siete cabritillos que acababan de dejar su libro vacío en la biblioteca.

Manolo y Marta tampoco podían creer lo que escuchaban, pensaron que era cosa de sus nervios, pero cuando despegaron sus orejas de la puerta vieron a una niña con una caperuza roja salir de otra clase y la siguieron. Esta Caperucita entró en la clase de los niños de párvulos y comenzó a decir:

-¡Hola, niños y niñas de esta clase! ¿Sabéis quién soy?

El maestro no supo qué responder porque no tenía información de que había alguna actividad nueva, pero los alumnos si gritaron todo lo que pudieron una y otra vez.

-¡¡¡¡TÚ ERES CAPERUCITA ROJA!!!!

-Bueno, menos mal que me reconocéis, pero no sé cómo es posible porque no os veo por la biblioteca y estoy desesperada de no ver ninguna cara mirándome en mi libro.

Marta y Manolo se asombraban más y más y se sentían culpables de lo que pasaba. No sabían qué hacer pero comenzaron a andar por los pasillos y vieron a través de una ventana que Blancanieves entraba en otra clase y escucharon pegando otra vez sus orejas a la puerta.

-Como seguramente no me conocéis me he vestido de blanco y traigo un poquito de nieve en la mano, aunque la voy a tirar porque me quema la piel.

-¡Tú eres Blancanieves! – gritaron más de uno.

La maestra los mandó callar y  se dirigió a la visitante:

-¿Pero tú quién eres? ¿Y qué haces en nuestra clase?

- Soy Blancanieves, seguro que usted no me conoce porque no visita la biblioteca y a lo mejor ni sus padres le contaron mi cuento.

- ¡Eso no te lo consiento! – dijo muy alto y con mucho enfado.- Sí que he leído ese cuento, aunque voy poco a la biblioteca, eso sí es verdad, pero no leo tu cuento porque ya me lo sé memoria.

- Pues mejor así, pero ahora me dirijo a los alumnos, ¿por qué no venís a visitarme a la biblioteca?

Todos hablaban al mismo tiempo, unos decían que no les gustaba ir durante el recreo, otros que tenían el libro en casa y que…

Manolo y Marta empezaron a entender lo que pasaba cuando vieron a un gato cruzar el patio con unas enormes botas de color verde, seguido de una sirenita que además de caminar sobre sus dos piernas llevaba una linda cola llena de brillantes escamas.

Estaba claro que había que hacer algo pero estaban paralizados por lo que veían ante sus narices y por lo que escuchaban tras las puertas.

Fueron rápidamente a la clase de primero porque había cierto alboroto y escucharon.

-Soy el lobo, sí, pero no he venido aquí a comeros, no tengo hambre, hasta el apetito se me ha quitado desde que nadie viene a verme a mi libro.

-¡Es que nos das miedo, señor lobo!- gritó una vocecita infantil.

-Eso solo pasa en los libros, aunque algunos parientes míos son más fieros que yo y no sé de qué serían capaces, pero me gusta tanto veros leer el libro y esa cara de miedo que ponéis cuando voy a comerme a los tres cerditos…

Unos sonidos muy extraños llamaron la atención de los maestros bibliotecarios, no sabían exactamente de qué se trataba, si era un grupo musical muy malo, unos niños ensayando para el festival de fin de curso o una mala pasada que le jugaban sus oídos, así que se asomaron por la ventana de la clase de tercero.

Allí estaban los causantes de ese griterío con apariencia de concierto, eran los músicos de Bremen. Frente a los alumnos, junto a la maestra, un burro, un perro, un gato y un gallo intentaban convencer a los pequeños de que fuesen a visitarlos a la biblioteca alguna vez, porque estaba cansados de no cantar porque nadie abría su libro.
 
Cuando pasaron cerca del despacho de la directora, la vieron con la cara descompuesta, agitando su mano delante de su nariz y pidiendo una pastilla para el dolor de cabeza.

-¡Por favor, ya está bien!- dijo con cara apenada.- Ya sé que debemos visitar más la biblioteca con los alumnos, que estáis aburridos de estar solos, que eso es muy triste para vosotros, pero yo ya lo he oído del hada madrina, de la madrastra de Blancanieves, de la abuela de Caperucita, del cazador, de un flautista que me ha hecho bailar durante un buen rato, así tengo los pies, me duelen una barbaridad.

Los tres cerditos querían hablar  a la vez, pero ella no los dejó.

-Os lo ruego, dejadme descansar un poco y tomo medidas para cambiar las cosas y decidle al patito feo que no es tan feo y que no venga otra vez a contarme lo mismo, a Pinocho que deje de repetir lo solo que está, a Juan sin miedo que no me asuste, a la bella durmiente que siga durmiendo a..., y sobre todo marchaos a vuestro libro porque no aguanto el olor que desprendéis.

Cuando Marta y Manolo pasaron cerca de la clase de la Jefa de Estudios, está salió regañando a todos porque no se podía estar en paz en el colegio con tanto personaje corriendo por los pasillos e interrumpiendo las clases. Así que ella quería que todo estuviese en silencio ya.

Ese silencio ya lo dijo a todo volumen y muchos niños se taparon los oídos pero no por ello dejaron de hablar y jugar con los personajes que pasaban por sus clases.

Los bibliotecarios decidieron que había que restablecer el orden en los libros y devolver a cada personaje a su cuento, para ello llamaron a los “cazapersonajes”, que enseguida acudieron a pesar de que tenían mucho trabajo estos días con la celebración del día internacional del libro y en muchas bibliotecas estaba ocurriendo lo mismo.

Al llegar al colegio fueron informados de inmediato y se colgaron a sus espaldas unas enormes mochilas con un tubo flexible que acababa en una boca muy ancha por la que absorbían los personajes.

Se pusieron manos a la obra y comenzaron la cacería por la primera clase que encontraron, pero no les fue tan bien como ellos esperaban.

Al entrar en un aula los personajes pidieron ayuda a los niños, estos se interpusieron entre el tubo y el personaje para evitar que se los llevasen a su libro.

Algunos niños salieron en defensa de los que ya consideraban sus amigos, otros agredieron a los cazapersonajes, otros chillaron con todas sus fuerzas, también abrían las puertas para facilitarles la huida.

Cada vez el alboroto era mayor, ahora los pasillos estaban llenos de personajes y niños que gritaban y corrían en todas direcciones, la jefa de estudios intentaba gritar más que ellos para imponer silencio, la directora se dejó caer en el sillón de su despacho con la cabeza echada hacia atrás sin ánimos para ver lo que sucedía fuera.

Fue una batalla larga, ruidosa y muy divertida, pero al final se impusieron los mayores y los personajes fueron volviendo a sus libros. Por fin los bibliotecarios estaban algo tranquilos, habían conseguido salvar la biblioteca.

Y además, habían conseguido que durante el recreo la biblioteca se llenase de niños pidiendo libros de cuentos clásicos para leerlos en compañía y sentirse parte de ellos, porque estos niños habían tenido la suerte de conocer en vivo a los personajes que pueblan su mundo infantil gracias a esos valientes personajes que decidieron sublevarse ante la pasividad lectora de muchos.

Si quieres leer la entrada anterior relacionada con esta pincha La fuga de los personajes I





sábado, 14 de abril de 2018

La fuga de los personajes I. Actividad para celebrar el Día Internacional del Libro de José R. Cortés Criado.


La fuga de los personajes I
Actividad para celebrar el Día Internacional del Libro 


Por José R. Cortés Criado.
Objetivos:
Recuperar los cuentos populares
Animar a leer
Desarrollar la imaginación.

Participantes: 
Maestros y alumnado.

Lugar: El colegio, especialmente sus aulas y la biblioteca.

Materiales: Los imprescindibles para caracterizase cada personaje.

Tiempo: Mínimo una hora si los personajes saben comunicarse con los pequeños, si no cuando decaiga el interés de los participantes.

Desarrollo:

Esta actividad la llevé a cabo por primera vez hace más de veinticinco años en el CEIP Vicente Aleixandre de Torre del Mar, Málaga, España, cuando era maestro de ese claustro.
La idea me surgió para difundir los cuantos clásicos de la biblioteca del centro y animar a los pequeños lectores a leer, porque hubo una época en la que se puso de moda leer a los nuevos escritores de LIJ y los cuentos populares podían caer en el olvido salvo que la factoría norteamericana del cine decidiese ofrecer su versión a los pequeños ávidos de dibujitos animados.
Para ello recurrí al alumnado de octavo de la extinta EGB, chicos y chicas de catorce años, sin su ayuda la experiencia nunca la hubiese llevado a cabo. Lo primero que hice fue exponerles la idea y pedir voluntarios para ejecutarla
Se trataba de formar un grupo de alumnos dispuestos a caracterizarse de algún personaje de los cuentos populares, no consistía en disfrazarse como si fuese un carnaval, solo se les pedía que llevasen algo que les identificase con el personaje elegido, porque de lo que se trataba era de desarrollar la imaginación de los alumnos menores.
El día que se llevó a cabo la experiencia, 23 de abril, vimos tres alumnos con unos hocicos y unos rabitos de cerdos recortados en cartulina anaranjada, otra con una capa con capucha roja, otra con un pijama y su peluche para dormir, otro con dos enormes botas de agua y unos bigotes pintados en su cara, otros con caretas confeccionadas por ellos de cabritillos, otras de sirena con piernas y cola llena de escamas de papel plateado, otro de príncipe con una corona dorada y otros de lobos, ogros y demás. La más sofisticada fue una alumna que acudió con un traje de novia y un cucurucho blanco con velo incluido sobre su cabeza y una varita en la mano, el hada madrina tuvo un gran éxito.
Una vez que los personajes estaban elegidos, cada uno elaboró su propio discurso, que podría variar según el nivel del alumnado que visitasen, la idea era común: conseguir que los niños identificasen su personaje, si no lo hiciesen a primera vista debían darles pistas como decirle que viven en el bosque, trabajan en una mina, se pasa el día durmiendo, es la madre de..., el cazador de...
Después había que hablar de la visita a la biblioteca, de su valor como centro difusor de cultura en el colegio y de la vida que en ella se desarrolla diariamente, para pasar a contarles que estaban aburridos en las estanterías porque ningún niño ni ninguna niña iban a visitarlos.
Además podían añadir que estaban apretujados en el libro, que querían salir y pasear, que les encantaba ver las caras de los lectores, que debían prometerles que en el recreo acudirán a la biblioteca para saludarlos y, por último, le pedían ayuda para que las bibliotecarias no los encerrasen de nuevo en los libros.
También se eligieron dos bibliotecarias, fueron dos alumnas las que quisieron ese papel. Ese día se presentaron vestidas con traje chaqueta, gafas, carpeta y bolígrafo en mano.
Su papel era simple. Debían entrar en las clases muy azoradas preguntando si habían visto a algún personaje de los cuentos populares y pedirle su ayuda para devolverlos a sus respectivos libros. También añadían que su trabajo peligraba porque sin personajes no hay libros y sin libros no hay bibliotecas.
Las bibliotecarias iban acompañadas de los cazapersonajes, ataviados con una enorme caja forrada de papel plateado a sus espaldas con una manguera que llevaban en la mano para absorber a la huidos.
Esa mezcla de personajes fugados, bibliotecarias apesadumbradas y cazapersonajes con ganas de llevar a cabo su trabajo fue un detonante para tener un día de fiesta en el colegio alrededor de los libros.
Aún recuerdo la felicidad de los niños, especialmente los más pequeños, que rápidamente aceptaron a los niños-personajes como auténticos y se sintieron solidarios con los fugados, intentando ocultarlos ante las bibliotecarias, abriéndoles las puertas para que se fugasen, anteponiéndose a los cazapersonajes y, sobre todo, participando en la actividad, hablando con los personajes sobre su historia y sintiéndose partes de la trama.
Poco a poco los personajes fueron desapareciendo de las aulas y empezaron a normalizarse las clases. Al final las bibliotecarias agradecieron a todos su ayuda para recomponer los libros y animaron al alumnado a acudir a la biblioteca.
Para los niños fue un día mágico, se alteró el desarrollo diario de las tareas escolares. Los pequeños se sintieron cercanos a los personajes de los cuentos tradicionales y los mayores se sintieron parte del mundo adulto para fomentar la lectura.
Para mí fue una experiencia muy positiva, la llevé a cabo otras veces pasados algunos años, creo que si se llevase a cabo anualmente terminaría cayendo en la monotonía y perdería la chispa mágica que tienen las sorpresas.
Recuerdo ahora que desde su inicio hubo más de una persona que estuvo preocupada por el ruido y el orden en los pasillos, esa fue su principal preocupación y después de más una hora con la actividad hubo quien me pidió que fuese acabando porque no se podía aguantar tanto jaleo, pero a pesar de ruido y del movimiento de niños creo que mereció la pena vivir esa experiencia.
Desde aquí animo a todo maestro y a toda maestra a celebrar el día del libro con alguna actividad festiva que no se limite a leer textos, redactar escritos o dibujar un libro y que fomente la imaginación de todos, grandes y pequeños, para que por un momento  seamos felices con las historias que manan de los libros.
 
PD: De aquella experiencia escribí algunos relatos, unos recordando qué sucedió y otros recreando lo que me hubiese gustado que sucediese.