miércoles, 1 de mayo de 2013

Quizás mañana la palabra amor





  • Jordi Sierra i Fabra

  • Quizás mañana la palabra amor

  • 200 págs.

  • Editoral: EDICIONES SM

  • Lengua: ESPAÑOL

  • ISBN: 9788467555837





Por José R. Cortés Criado

Otra nueva historia de amor de la mano de Jordi Sierra i Fabra que ya ha publicado más de cuatrocientos libros en sus cuarenta años de oficio. En esta ocasión la pareja vive una experiencia rocambolesca para conocerse y amarse.
El ingenio de este escritor hace que desde el principio estemos pendiente de la trama que te atrapa por su inicio sorprendente: una joven acaba de salir de un centro psiquiátrico y debe enfrentarse sola a su nueva situación; se dirige a casa de su abuelo que está imposibilitado por una fractura accidental y conoce al joven voluntario de la Cruz Roja que lo cuida desinteresadamente.
Dora ha de asimilar su intento de suicidio y debe sobrevivir con la carga emocional que eso conlleva y comenzar una nueva vida tras permanecer aislada del mundo hasta que su psiquiatra le dio el alta y la animó a reiniciar sus quehaceres cotidianos: llevar una vida ordenada, continuar sus estudios, enfrentarse a la dura realidad familiar y emocional.
Hilario no acudió a cuidar al abuelo de ella por azar, lo deseó para estar cerca de ella cuando saliese de psiquiátrico y sobre todo porque necesita asimilar un secreto que le pesa más que cualquier otra condena; es una experiencia dura, difícil de superar pero…
Con gran habilidad Sierra i Fabra nos acerca a esta pareja que confluye a pesar de muchos factores en contra y nos deja sorprendidos con ese final que difícilmente podíamos sospechar.
Y es que todos los días nos tropezamos con personas desconocidas que seguramente no volvamos a ver nunca, pero que pueden producir cambios en nuestra vida sin necesidad de reencontrarlas o puede aparecer de nuevo en nuestra vida y hacernos cambiar más de lo que sospechamos.
Los jóvenes quedarán atrapados en esta historia de amor que comienza en la tragedia y la soledad de sus protagonistas; ella encerrada tras su intento de suicidio y él aplastado por el peso de un silencio que le oprime las entrañas.


domingo, 28 de abril de 2013

Málaga en el recuerdo de Juan Madrid. (I)



Por José R. Cortés Criado

Juan Madrid nació en Málaga en 1947, lugar donde pasó su infancia, después su familia se trasladó a Marruecos y allí residió hasta 1959, fecha en la que regresó a España y se instaló en Madrid.

Estos primeros años del escritor en la ciudad de Málaga lo marcaron de manera especial, tanto por el hecho de ser éste el lugar donde empieza a descubrir el mundo como por las intensas vivencias infantiles en un periodo de su vida que recordará siempre.

Juan Madrid es de las personas que constantemente recuerda al interlocutor su lugar de nacimiento y recurre a calles o lugares públicos malagueños para situar a sus personajes en un marco real donde llevar a cabo sus acciones, especialmente en sus obras infantiles y juveniles.

Cuando se le pregunta por esa presencia de Málaga en su obra literaria y lo que supone en su creación artística suele responder sin ambages que es “la memoria. La única patria que reconozco. Aún creo que no he salido de los callejones de Málaga”[1].

Los recuerdos más vívidos de su infancia malagueña están presentes en tres de sus obras: Los piratas del Ranghum, En el Mar de China, El fugitivo de Borneo; todas ellas protagonizadas por el autor, su hermano, su amigo Mohamed, Clara, algunos chavales del Perchel y sobre todo por Salvador y su perro Rayo; en el resto de sus novelas Málaga está omnipresente como lugar donde habitan sus personajes, en numerosas conversaciones y en la añoranza de otros, además de ser considerada como destino turístico o lugar de corrupción urbanística.

En Los piratas del Ranghum, Juan, el joven protagonista, cuenta sus vivencias en Málaga en un tiempo que su padre está encarcelado por sus ideas políticas y su madre, sin trabajo, debe sacar la familia adelante. Nos hablará de su hermano Carlos, de su amigo Mohamed, y de Clara, la niña pija, hija de una amiga de su madre y de los niños de El Perchel, ésos a los que el protagonista teme aunque al final resulta que no eran tan malos como se les presuponía, los llamaba “nuestros enemigos del otro lado del río”[2], los que “en verano cruzan el río por unos pasos secretos y nos atacan”[3].

El río al que se refiere el autor es el Guadalmedina, que tuvo especial protagonismo en su infancia y así es citado con frecuencia en sus obras: “Cuando era verano, el río Guadalmedina estaba medio seco en nuestra orilla”[4], entonces buscaban tesoros, enormes tesoros de cobre, hierro, plomo, cascos de botellas…, que luego vendían al señor Requena, el trapero para “conseguir así dinero para alquilar tebeos, comprar caramelos, altramuces, palotes de palodú, o sea regaliz, y hasta chicle americano Bazoca, “siempre en la boca” como decía paquito el Cojo, el hombre que los vendía en el quiosquillo de la calle Carreterías, un poco más arriba de donde vivíamos”[5].

La insistencia en los tesoros del río también se puede comprobar en El fugitivo de Borneo. “Pues, sí, listo -insistió mi hermano Carlos- montones de tesoros: hierros, cobre, cartones... Los llevamos a la trapería y nos dan dinero, bastante dinero... A veces hemos sacado hasta dos pesetas. Con eso nos compramos libros y tebeos”[6], aunque los niños de la rivera opuesta se creen los dueños del río y no los dejan buscar con tranquilidad los mejores tesoros que “estaban junto a la otra orilla, el territorio de los del Perchel, donde los basureros volcaban sus carros”[7].

El río es tierra de nadie entre bandas rivales de barrios opuestos, donde se disputan peleas o se ajustan cuentas; la banda que forma Juan con su hermano y sus amigos no osa entrar si ve rivales en el lecho, porque cuando coinciden zanjan sus asuntos a golpes. Así recuerda el autor como la banda de los Murciélagos Negros obligó a él y a su hermano a bajar al río para aclarar sus diferencias: “Nosotros caminábamos como si nada ocurriese. Al llegar al río Guadalmedina, a la altura del puente de Carreterías, Loren, el gordo, ordenó que nos hicieran bajar por el terraplén, empujándonos”[8].

Y cuando la pelea es inevitable, por ejemplo, si te tocan la oreja con el dedo húmedo en saliva, como le ocurrió al joven protagonista de El fugitivo de Borneo, hay que seguir unas reglas no escritas pero vitales en estos trances, como se recogen en las palabras pronunciadas por Mohamed antes de una refriega: “Hay que cumplir las cinco reglas -dijo-. Primera, no meter los dedos en los ojos. Segunda, no estrangular. Tercera, no arañar ni morder. Cuarta, no agarrar lo huevos. Y quinta, no mentar a la madre ni a los muertos”[9].

Juan ha de dirimir dos peleas en esa época, la primera terminó cuando se cansó de recibir puñetazos de su contrincante, Curriqui, y lo golpeó con una piedra en la cabeza. No pudo ver el final de la pelea porque “todos gritaban, pero yo apenas si escuchaba los gritos. La piedra resbaló de mi mano. El círculo se volvió borroso y empezó a dar la vuelta”[10]. En El fugitivo de Borneo para defenderse sigue una estrategia aprendida en un libro de Emilio Salgari, consistente en correr ante su perseguidor y cuando está a punto de ser alcanzado, agacharse para que el otro tropiece y termine en el suelo, así pudo huir del cauce del río en aquella ocasión.

Pero además el río es el que une a estos jovenzuelos con el contador de historias interminables que es Salvador, el cual se presenta diciendo: “Yo he sido marinero desde los trece años, cuando embarqué de grumete en un barco carbonero en el puerto de Cádiz”[11], y que según el narrador “tenía una pierna de palo y vivía solo en una casucha de lata en la playa de San Andrés, allí, en Málaga, no muy lejos del río, en compañía de su perro Rayo. Tenía una barca, La Indiana, con la que salía a pescar antes de que amaneciera”[12].

Juan Madrid escribe en "Como un prólogo" de Los piratas del Ranghum, que muchas de las aventuras infantiles son de verdad, otras, no tanto, pero no sabe dónde están los límites y que a sus hijos mayores, Alex y Enrique, siempre les contó las historias como si fuesen de Salvador, más tarde su hijo Guillermo, también siguió aceptando que fuese Salvador el que contaba historias.

Cuando al escritor malagueño se le pregunta sobre la trama de las historias de sus novelas dirigidas a los más jóvenes suele comentar: “He tratado de recordar los cuentos maravillosos que me contaba mi padre…Y los que yo les contaba a mis hijos cuando eran pequeños”[13].

Así que ese viejo pescador se convierte en el tejedor de historias que diariamente deja inacabadas para tener a su público pendiente del desenlace de las mismas, pero Juan se encarga de recopilarlas, continuarlas en su cuaderno negro y contárselas a sus amigos, aunque a veces necesita ayuda de Salvador para cerrar algún episodio.

El viejo marino utiliza la misma estrategia que Sherezade ante el sultán, cuando lo cree conveniente deja de contar la historia, que siempre coincide con la presencia de algún peligro o la espera de un desenlace con enjundia, esa es la principal función que ha de tener una contador de historias saber engatusar al lector y esa idea es la que prima en los cuentos de Juan Madrid: “Soy heredero de esos contadores de cuentos orales. Me gusta que mis personajes actúen, por eso tardo tanto en darles vida”[14].

Juan Madrid deja constancia de esa pasión por la narración oral y pone en boca de su joven protagonista lo que piensa respecto al patrimonio literario popular cuando éste le dice a sus oyentes que han de idear un final para el relato que deja inconcluso porque “las historias son eternas, nunca terminan. ¿Entendéis? De una se puede sacar otra, y de ésta, otra, y otra más. Hasta el infinito. […] Las historias no son del que las cuenta, también son del que las escucha. Las historias no tienen dueño. Eso es lo más hermoso que tienen las historias. El que escucha una historia es también dueño de ella…”[15]

Y Salvador cuenta a los niños sus andanzas por medio mundo, pero nunca se olvida de su ciudad natal, en cierta ocasión les refiere que en el barco llamado Ranghum conoció a una joven sefardí, Fátima Toledano, que le preguntó de dónde era y le dijo: “Soy de Málaga, en Andalucía”[16], y que cuando cayó preso le entregó en prenda a su amigo Quiñones “mi reloj, un buen reloj inglés que le había comprado a un gibraltareño que tenía una relojería en la plaza Unzibay (sic)”[17].

En otra ocasión Salvador se puso al servicio de Chen-Kai, el señor de la guerra chino, que le ofreció un dineral por unirse a ellos y les dijo: “En 1921 cinco mil dólares americanos eran una verdadera fortuna. Con esa cantidad yo podría retirarme a Málaga, comprar una casa y vivir de las rentas”[18].

Además narra momentos difíciles en la convivencia con variados malhechores y cómo su aprendizaje en las calles malagueñas le sirvió para salir airoso de un mal trance porque: “sabía emplear la antigua técnica del bastón, tan utilizada por los gitanos, aprendida durante su infancia en Málaga”[19], y porque “no era la primera vez que yo veía un combate a cuchillo. En Málaga eran frecuentes entre los golfos y los ladrones. Yo mismo sabía utilizarlo, aunque nunca porté navaja de ningún tipo, las detestaba”[20].

Incluso, en cierta ocasión, Sandokán salvó su vida gracias a Salvador, en agradecimiento, éste gozó de su amistad, pero no de su libertad, fue consciente de que no podría salir de aquella isla cuando el mismo Tigre de Mompracem se lo confirmó “un día que Salvador le comunicó sus ganas de regresar a Málaga, para volver a embarcarse”[21]; y cuando por fin logró huir de su cárcel dorada llegó al Amazonas, donde se encontró con dos colombianos, “uno de los hombres se llamaba Crisóstomo Paulino y el otro Encarnación, y se alegraron mucho al saber que yo era español, de Málaga. El llamado Crisóstomo tenía una abuela andaluza, de un pueblo de Granada llamado Salobreña y enseguida me llamó paisano[22].

El viejo Salvador no se cansaba de contarles historias, algunos aspectos los situaba en la ciudad de Málaga pero las aventuras más interesantes ocurrían en lugares lejanos, exóticos e ignotos, emulando a Emilio Salgari y sabiendo utilizar el arte de seducir al oyente, especialmente a Juan, que se encargaba de recopilar las historias por escrito y de ampliarlas. El marino les dijo un día a los chicos: “Aunque yo muera, vosotros recordaréis mis historias, nunca me olvidaréis. Y yo tampoco olvidaré este tiempo de cuentos”[23].

Salvador vuelve a aparecer en la literatura de Juan Madrid como protagonista de Los cañones de Durango. El escritor recurre a su figura para introducir la novela y escribe que llegó a Málaga una primavera, invitado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento para dictar una conferencia y visitó el centro de acogida de ancianos "Nuestra Señora de la Magdalena", porque su director lo llamó comunicándole que un anciano llamado Salvador Muñoz, internado allí desde hacía seis años, afirmaba que era padre de Juan Madrid. Éste lo niega, su padre era Juan Madrid Conejo, muerto en accidente de circulación en 1970.

Cuando visitó al anciano, lo reconoció, era Salvador y al verlo “regresé a Málaga casi cuarenta años atrás, cuando yo era un niño. Allí sentado, sonriéndome, estaba Salvador, el viejo pescador sin una pierna, que nos contaba cuentos a mi hermano Carlos y a mí en la infancia. Unos cuentos maravillosos”[24].

El anciano, antes de fenecer, le entregó una caja con una historia escrita con letra menuda que Juan Madrid decidió ordenar para publicarla, en ella se narra la vida de Salvador, un joven que decide ir a México en busca de su padre cuando su madre muere en Málaga. El progenitor es un idealista oficial de artillería enrolado en el ejército de Pancho Villa.

Salvador también es el pescador fallecido que entrega un manuscrito a Juan Madrid en el que cuenta una etapa de su vida, cuando en 1913 es timonel en un barco que trasporta armas con destino a un sultán asiático. Después de vivir situaciones extremas y sobreponerse a peligros mortales, regresó a su Málaga natal donde su cuerpo descansa. Se trata de El hijo de Sandokán, un tal Kemal, heredero del famoso corsario y en permanente lucha contra el colonialismo inglés. Esta obra es un claro homenaje a Emilio Salgari, su autor preferido durante su infancia, y a cuya memoria dedicó el escritor la novela.

La novela juvenil, Los senderos del tigre, tiene una estructura similar a la citada en el párrafo interior. La trama se inicia con unas palabras de un joven que recibe un baúl destinado a su padre ya fallecido, el cual llegó a su poder con veinticuatro años de retraso; entre los objetos hallados en su interior estaba un manuscrito en el que su abuelo deja constancia de sus vivencias desde que partió de Málaga con quince años hasta su vejez. El escritor únicamente se limitó a organizar el texto y publicarlo.

Arranca la novela con esta afirmación: “Aquel día del verano de 1905 en el que comienza esta historia, yo me encontraba más triste y solo que nunca. Había ido al puerto de Málaga con la intención de cargar en los carros las cajas de pescado de los barcos que diariamente atracaban en sus dársenas, y no me habían dejado”[25].

Continúa el relato narrando el modo en el que se engalanaron los muelles de Málaga para recibir al trasatlántico Andrea Doria, como fue comidilla en todos los cafés y barberías malagueñas los nombres publicados en la prensa local del selecto grupo de millonarios ociosos que en él viajaban y los puertos donde harían escala en su periplo por el continente americano que duraría dos meses…

Después rememora sus orígenes: “Fui entregado por una madre desconocida a los padres franciscanos del hospicio La Gota de Leche de la calle Ollerías de Málaga”[26], y adoptado por una familia de pescadores; aún recuerda la venta diaria de su mercancía a los pescaderos del mercado de las Atarazanas.

También revive sus experiencias con los indios del Amazonas y con los hombres blancos que iban a obtener beneficios de aquellas tierras, los múltiples peligros que afronta, sus deseos de vivir en contacto con la naturaleza y por último, cuenta que a su amigo Naiboo, “solía contarle mi vida o cómo era Málaga, su mar azul, los coches de caballo, la catedral, el café Español donde iba a recoger colillas. Con eso evitaba olvidarme de mi lengua y de mi origen”[27].

Por último Luis, el protagonista, asevera: “Nunca regresé a Málaga. Pero jamás dejé de soñar con ella. A veces te imagino viviendo allí, hijo mío, ya que te he contado tantas veces cómo era -o cómo creía yo que era- que quizás hayas sentido curiosidad y la hayas visitado”[28].





[1] http://www.elmundo.es/encuentros/invitados/2001/02/213/               (080810)
[2] MADRID, Juan: Los piratas del Ranghum, Barcelona, Edebé, 2009, p.9.
[3] Ibídem, p.16.
[4] Ibídem, p. 14.
[5] Ibídem, p. 14.
[6] MADRID, Juan: El fugitivo de Borneo, Alfaguara Juvenil, Madrid, 1998, p.94.
[7] MADRID, Juan: Los piratas del Ranghum, Barcelona, Edebé, 2009, p.71.
[8] MADRID, Juan: El fugitivo de Borneo, Alfaguara Juvenil, Madrid, 1998, p.14.
[9] MADRID, Juan: Los piratas del Ranghum, Barcelona, Edebé, 2009, p.114.
[10] Ibídem, p. 116.
[11] MADRID, Juan: El fugitivo de Borneo, Alfaguara Juvenil, Madrid, 1998, p.68.
[12] MADRID, Juan: Los piratas del Ranghum, Barcelona, Edebé, 2009, p.19.
[13] MADRID, Juan: “Juan Madrid” en Escuela Española, 18 septiembre, 2008, p. 48.
[15] MADRID, Juan: En el Mar de China, Barcelona, Edebé, 2009, pp.108-108.
[16] MADRID, Juan: Los piratas del Ranghum, Barcelona, Edebé, 2009, p.26.
[17] Ibídem, p. p.53.
[18] MADRID, Juan: En el Mar de China, Barcelona, Edebé, 2009, p. 13.
[19] Ibídem, p. 34.
[20] MADRID, Juan: Los senderos del tigre, Madrid, Alfaguara juvenil, 2005, p. 29.
[21] MADRID, Juan: El fugitivo de Borneo, Madrid, Alfaguara Juvenil, 1998, p.48.
[22] MADRID, Juan: El fugitivo de Borneo, Madrid, Alfaguara Juvenil, 1998, p.80.
[23] MADRID, Juan: En el Mar de China, Barcelona, Edebé, 2009, p. 119.
[24] MADRID, Juan: Los cañones de Durango, Madrid, Alfaguara  Juvenil, 1997, p.8.
[25] MADRID, Juan: Los senderos del tigre, Madrid, Alfaguara juvenil, 2005, p. 11.
[26] Ibídem, p. 13.
[27] MADRID, Juan: Los senderos del tigre, Madrid, Alfaguara juvenil, 2005, p. 150.
[28] Ibídem, p. 216.

Publicado en: GÓMEZ YEBRA, Antonio (editor): Patrimonio literario andaluz (IV), Málaga, Servicio de Publicaciones Unicaja, 2011, pp. 261-277.

viernes, 26 de abril de 2013

El corazón del sastre


El corazón del sastre

Txabi Arnal

Cecilia Varela

OQO

978-84-9871-213-1
40 páginas
Cartoné
22x28 cms.


Por José R. Cortés Criado

Es un libro muy atrevido, porque el tema de la muerte no suele ser tratado normalmente, pero Txabi Arnal lo hace con tanto cariño y belleza que la historia es la liberación de un anciano sastre que decide cambiar al final de su existencia y sentir emociones que le alegren su corazón, hasta que se siente tan bien, en un lugar tan bello que decide despedirse de todos.

El protagonista es un viejo sastre que cuando es bastante mayor decide huir del palacio donde cose sin parar para señorones y señoronas porque desea hacerlo para personas que le hagan sentir algo en su corazón y ser libre.

Su bondad es infinita y por donde pasa regresa la alegría y las ganas de vivir, así recorre muchos lugares: donde no hay agua, donde el río se puede desbordar, donde hay guerra o un volcán quiere erupcionar…

Al fin llega a un lugar maravilloso a orillas de un lago pero ya no quiere seguir remendando, ni siquiera su viejo corazón, así que se despide de quienes le habían llenado su vacío corazón y lo habían hecho latir de emoción.

Si el texto es bueno, las ilustraciones lo complementan; unas veces reflejan lo que se narra y otras muestran lo que las palabras no dicten, como el desenlace; es la última  imagen la que da el desenlace a la historia. Donde vemos su costurero abierto en medio del campo y sobre él trina un pájaro.

Las ilustraciones, acrílico y lápiz sobre papel, contiene gran belleza, no exenta de un halo de tristeza y de numerosos detalles que alegran la lectura. El sastre parece un ovillo de hilo y cuando está en palacio cose bajo un miriñaque, o cuando llega al pueblo, donde evita las inundaciones, crea un bello puente a ganchillo.

Las guardas iniciales nos muestran un señor entre rollos de telas que abre la ventana, tras la cual se ve un pájaro cantar, avanzando el contenido del libro, y las finales nos muestran el mapa de los distintos lugares que recorrió y un pájaro vuela con un hilo rojo en el pico, su otro cabo está en la orilla del lago.

La ternura del texto se teje con el hilo mágico del sastre, la sensibilidad del autor del texto y la emotividad de la ilustradora; su resultado es un libro más bonito que si hubiese sido hecho a croché.

jueves, 25 de abril de 2013

Palabras envenenadas


Palabras envenenadas


Autor/a: Maite Carranza
Editorial Edebé
ISBN: 978-84-236-9650-5
№ páginas: 288
Tamaño real: 20,5 x 13 cm. Rústica






Por José R. Cortés Criado.


Esta obra recibió el Premio Edebé de Literatura Juvenil en 2010 y el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 2011. Ambos premios son bien merecidos. Maite Carranza ha escrito una obra densa, difícil, atrevida y, además, sobrecogedora.

El abuso de menores es un tema tabú que suele tratarse en determinadas circunstancias y, la mayoría de las veces, se pasa de puntillas por él, sobre todo en el campo de la literatura infantil y juvenil.

Esta escritora ha sido muy valiente al enfrentarse al problema y contarnos los horrores que sufre quien los padece y la destrucción psicológica de las personas que se ven afectadas. No hay en la obra escenas escabrosas, sí un relato muy bien elaborado donde las diferentes perspectivas de sus protagonistas nos ofrecen una visión global del tema.

Se alterna la narración en tercera y primera persona. Cada personaje que interviene tiene su espacio propio y deja su impronta sobre el tema.

El lector se siente desconcertado desde el principio y hace cábalas sobre el desenlace; a veces coincidiendo con el policía, que estando a punto de jubilarse no ceja en su empeño en pos del descubrimiento del destino de la joven que con quince años desapareció. Sabe que pasaron cuatro años, que en su expediente hay cabos sueltos que no encajan, su experiencia y su tesón le hacen continuar en su investigación a contrarreloj, en breve se jubilará y quiere dejar el caso resuelto.

Otras veces no entiende la aptitud de la madre de la desparecida, aunque la pueda comprender; a veces asiente ante la actitud del padre; otras se desconcierta con la actitud de los amigos de la joven; pero especialmente se sobrecoge con los testimonios de la protagonista, que va desgranando sus miedos, sus anhelos, su pavor y su sumisión al ser dominador que la tiene presa en un habitáculo aislado.

El desenlace es inusual, pero no imposible; cuando el lector conoce la identidad de su secuestrador siente piedad por la joven y desprecio por él, pero sobre todo desea un final que salve de su sufrimiento a la chica desaparecida.

Esta obra se lee de un tirón, ansías llegar al siguiente capítulo para conocer el desarrollo de la trama y así, sin reposar, alcanzar el final. Final que no debe ser contado a nadie para no romper la intriga de la novela.



miércoles, 24 de abril de 2013

Los piratas del Ranghum


Los piratas del Ranghum

Los piratas del Ranghum
Juan Madrid

Editorial Edebé
ISBN: 978-84-236-9428-0
№ páginas: 128
Tamaño real: 20,5 x 14 cm. Cartoné





Por José R.- Cortés Criado
Es la primera entrega de la serie de cuatro libros dedicados a los recuerdos de infancia de Juan Madrid. En sus páginas podemos leer las vivencias que el joven dejó anotadas en su cuaderno de pastas negras donde, además, recogía las historias que les contaba Salvador y los finales que él ideaba para las mismas.

En primer lugar destaca la referencia a su padre, encarcelado por sus ideas políticas, y a  su madre, maestra represaliada por el franquismo, que sin trabajo, debe sacar adelante a Juan y a su hermano Carlos.

También ocupan un papel importante sus amigos, especialmente Mohamed, hijo de un vendedor ambulante, y Clara, la niña pija que tenía de todo (lápices, cuadernos, pasteles, bocadillos…) y los golfillos de El Perchel (barrio situado al otro lado del río Guadalmedina que atraviesa la ciudad de Málaga), éstos, al final no resultaron ser tan malos como Juan y su hermano pensaban, auque se les temía y Juan hasta tuvo que pelear con el jefe de la banda.

Cuando Juan se enfrentó a Curriqui habría salido mal parado si no llega a intervenir Rayo, el perro de Salvador. Rayo es un perro muy especial, no sólo porque sea amigo de los niños, sino porque no puede ladrar, tiene una cicatriz en el cuello, esa herida le impidió emitir ladrido alguno. Este personaje está inspirado en un perro que el autor conoció con esas características, a él le dijeron que al intentar cortarle el cuello le seccionaron las cuerdas vocales y por eso era mudo.

Salvador es otro personaje clave, se trata de un viejo marinero que vive en la playa y les cuenta a los chicos sus avatares a bordo de buques que navegaron por los siete mares. En este volumen, Salvador, alter ego de Juan Madrid, les contó sus aventuras por los mares del Sur y su relación con la joven sefardí Fátima Toledano y como ésta, con su buen criterio comercial, pasa de ser presa a ser aliada del rey de Somalia, donde abrirá, junto a su padre, una sucursal de sus negocios y además quiere nombrar a Salvador responsable de los mismos, para ello le construiría un palacio, pero él, fiel a sus ideales y a su espíritu aventurero en pos de hacer el bien a los demás, lo rechaza todo.

A lo largo de los otros volúmenes Salvador recuerda a la hermosa joven, añora la relación que mantuvo con ella y relata cuando se volvieron a ver, pero no llegan a hablar hasta la última entrega, El Rey del Mar, cuando ella, una hermosa señora y sus hijos descienden del trasatlántico “King of the Sea”, el mayor del planeta, atracado en el puerto de Málaga, para, entre otras cosas, abrir una sucursal de la empresa “Toledano e hijos”, cuya dirección vuelve a ofrecer a Salvador.

En el prólogo del libro, el autor cuenta que muchas de las aventuras infantiles son de verdad, otras, no tanto, pero no sabe dónde están los límites y que a sus hijos les contó las historias como si fuesen de Salvador y como les gustaban, decidió estructurar la obra de esta manera.
Estos piratas, a pesar de llevar más quince años navegando por las estanterías, no pierden valor para los jóvenes lectores y puede que les abran las ganas de leer otros autores similares como Emilio Salgari o Robert Louis Stevenson. 

lunes, 22 de abril de 2013

¡¿LEER?!





Jordi Sierra i Fabra

¡¿LEER?!

Día del Libro 2013



¡¿LEER?!
 Leer es un misterio.
Y por qué leemos, otro más.
Claro que no leer u “odiar” leer (como por desgracia afirman sin sonrojarse muchos de nuestros jóvenes cachorros) es todavía más que un misterio. Como lo de la Santísima Trinidad.
Después de toda una vida leyendo y escribiendo, todavía no puedo explicar exactamente qué siento al sumergirme en una buena novela. Es como enamorarse. Descubres a la persona amada, vas aprendiéndola poco a poco, te apasiona... Luego llega el resto, el primer beso, la primera noche juntos... Es demasiado. Estamos hechos de historias, de las que leemos o de las que vivimos. Y al crecer, además tenemos los recuerdos, más historias, el legado de nuestra humanidad y parte de la de aquellos que se han cruzado en nuestro camino.
Preguntarle a un chico o chica por qué lee o por qué no lee es como intentar meter las narices en su alma. [...] Durante años dando charlas en colegios, he constatado que en los últimos tiempos “leer no está de moda”, los alumnos que leen reciben a veces burlas de los demás: “¡Estás loco, tío!”. Es abrumador ver como la ignorancia se pregona: “¡Yo no he leído un libro en la vida! ¿Para qué?”. Es como si gritaran “¡Soy gilipollas!”, y se quedaran tan anchos. ¿Cuánto tardarán algunos en darse cuenta de que hoy, la verdadera revolución, es leer? Suelo reírme de la moda de llevar en la actualidad la imagen del Che en la camiseta, porque muchos de los que la llevan no saben su verdadera dimensión, se quedan tan sólo con lo de que fue un revolucionario. Pues bien, insisto, la revolución actual no sería llevar al Che por delante sino a los libros dentro.  [...]
Suelo decir que detrás de cada ignorante que no lee se esconde el maltratador o la maltratada del futuro, el que matará a su mujer o la que se dejará golpear y matar impunemente, el que echará la colilla por la ventanilla y quemará un bosque o la que se resignará ser un cero a la izquierda sin poder alzar la voz porque no tendrá de qué hablar. Cultura no es tener un diploma en la pared que diga que eres abogado, médico o maestro albañil. Cultura es vivir y absorber la vida, ser una esponja, mantener la curiosidad hasta el fin, vivir en la esperanza perpetua frente a la nada constante y el vacío aterrador del silencio. Y nada como ese encadenado de palabras que forman los libros trenza una senda mejor hacia la libertad y la independencia personales. [...]
Hace poco publiqué un texto en una revista explicando por qué leía yo. Creo que reproducir un párrafo es conveniente:
Pues mira tú, a mí es que leer me salvó la vida.
Verás, yo iba para marginal. No delictivo, porque siempre he sido más pacifista que nada, pero sí marginal social. Familia humilde, sin recursos, sin muchas luces para estudiar, tartamudo... Lo tenía claro. Si no hubiera sido un lector empedernido y devorador de letras, me habría quedado allí, perdido en la nada y el olvido. ¿Y qué leía siendo pobre, yendo a un colegio sin nada, y sin bibliotecas en el barrio? Pues libros cutres y horteras (así he salido yo como escritor) que alquilaba por dos reales. Cada día los vecinos me daban pan seco y el diario del día anterior, y el trapero del barrio me lo compraba por esos 50 céntimos que valía alquilar en una librería de libros usados aquellos esperpentos del oeste, ciencia ficción y policíacos con los que me formé. ¿Verne, Crompton o Blyton? Llegaron después, ya con 14, 15 o 16 años. Antes devoré "otra literatura": Capitán Trueno, Flash Gordon, Rip Kirby y las Hazañas Bélicas (a mí es que el Roberto Alcázar me parecía un facha acabado y el Pedrín el más repelente de los infantes).
Y sigo. No recuerdo nada de lo que he estudiado, pero sí todo lo que he leído. Mi cultura la forjé asomándome a los libros. Mi curiosidad se sació con esas historias que me hablaban de ciudades y países que siempre soñé con visitar y que posteriormente he conocido gracias a lo que me ha dado leer y escribir. Cada libro es una llave que abre una puerta. Hay puertas pequeñas y grandes, hermosas y feas. Pero detrás de cada una nace un infinito. Cuando alguien me dice que "no le gusta leer" me entristezco. Y si me dicen que "odian leer" ya es que me da algo. Es como negarse a respirar.
Veo la incultura forzada de la pobreza, la represión, la maldad y la ignorancia allá donde voy. La veo y me duele. Millones de chicos y chicas no tienen acceso a nada, y menos a un libro. Nosotros, que podemos, seguimos teniendo que explicar "Por qué leer". Y estamos en 2004.
¿Hasta cuándo?

     © Jordi Sierra i Fabra.

domingo, 21 de abril de 2013

Pippo el Loco



Autor: Tracey E. Fern

Ilustraciones de Pau Estrada 

Editorial Juventud 
Traducción de Teresa Farran
1ª edición: 2009
Género: LIJ - Cuento infantil ilustrado (a partir de 8 años) 

ISBN: 9788426137838 

44 Páginas 



Por José R. Cortés Criado

Se trata de un homenaje a Pippo Brunelleschi, inventor, orfebre, relojero, escultor y arquitecto que, entre otras obras, construyó la cúpula de la catedral de Santa María de Fiore de Florencia. Fue la primera obra de estas características que se realizó, pocos creyeron que sería posible elevar tan alta cúpula y de tan singular belleza.

El texto, escrito en tercera persona, cuenta anécdotas de Pippo y sus problemas hasta lograr convencer a todos de que su proyecto era viable y conseguir colocar el último ladrillo de la cúpula tras dieciséis años de trabajo.

En sus páginas se ofrece mucha información sobre el arquitecto, sus inventos, que pocos sabían apreciar, y las innovaciones arquitectónicas que sorprendieron a constructores y demás habitantes de la ciudad.

Al final de relato se ofrecen datos reales de la construcción y se detallan las ingeniosas herramientas que creó Brunelleschi para llevar a cabo tan magna obra, así como el material empleado en la obra y el personal que participó en ella.

Las ilustraciones son de gran belleza, Pippo, al parecer, pequeño y feo, tiene en las ilustraciones cierto parecido con Buster Keaton; las calles y la plaza del Duomo son reconocibles dada su similitud con la realidad y la recreación de la época parece certera. Las ilustraciones del proceso de construcción denotan la condición de arquitecto del ilustrador.

Pau Estrada viajó a Florencia para conocer la obra de los maestros de la primera época del Renacimiento, y deja constancia de su apreciación dibujando una pareja de monjes con su asno de Giotto, un mono en una ventana de Masacio y un jabalí de Domenico Ghirlandaio.

Libros como éste sirven para divulgar detalles de obras arquitectónicas importantes, que forman parte del patrimonio cultural europeo, y dar a conocer el ingenio del hombre como ser creador que siempre se pone metas más elevadas.